La poesía de Andy Acuña

Andy Acuña Stefano Branca

El agua aprende la piedra: Desembocadura de Andy Acuña

La poesía de Andy Acuña:

Hay libros escritos con la persistencia material de los elementos, volúmenes donde el territorio deja atrás el mero marco paisajístico para entrar en la sintaxis misma del cuerpo y del afecto. Desembocadura, primer poemario de Andy Acuña publicado por Aguacero, construye su recorrido en esa zona de contacto. El libro se organiza en cuatro movimientos Nacimiento, Afluente, Desmadre y Desembocadura, acompañados por las reflexiones críticas de Luciana García Barraza. El agua recorre cada uno de ellos como una materia que se transforma al entrar en contacto con otras materias. Nace, recibe, se desborda, pierde sus límites. También la voz cambia en ese recorrido.

Desde los primeros poemas, esa transformación encuentra una formulación precisa. La voz lírica se reconoce atravesada por una materia que es al mismo tiempo cuerpo y territorio, cuando escribe “memoria líquida / un cuerpo de agua / un suspiro entre el fuego / y la sequía”. La imagen reúne varias de las fuerzas que recorrerán el libro. El agua necesita del cauce para avanzar, pero también puede desbordarlo; la sequía amenaza su existencia; el fuego introduce una violencia que vuelve
todavía más frágil esa materia. El cuerpo del poema nace entre esas fuerzas y aprende, desde el comienzo, que su forma depende del contacto con aquello que lo rodea.

Esta manera de construir la voz permite acercar Desembocadura a La boca del testimonio, de Tamara Kamenszain. Allí, la autora piensa la poesía a partir de una voz que recoge la experiencia y encuentra en ella una dimensión capaz de exceder lo estrictamente individual (Kamenszain, 2007). En Acuña, ese pasaje ocurre a través de la materia. La voz no cuenta una experiencia desde una distancia segura, sino que habla desde aquello que la experiencia dejó sobre el cuerpo. La “memoria líquida” no conserva una escena inmóvil. Circula. Lleva consigo el paisaje, los vínculos y las marcas que esos encuentros dejaron sobre quien habla.

El movimiento de Nacimiento conduce así hacia Afluente. Si al comienzo la voz descubre su propia condición acuática, después comienza a recibir aquello que llega desde afuera. El poema se vuelve permeable y la intimidad deja de ser un espacio cerrado. En Una intimidad inofensiva, Kamenszain observa precisamente ciertas formas contemporáneas de escritura en las que las fronteras entre el yo y el mundo se vuelven inestables y la experiencia íntima aparece atravesada por materiales que exceden al sujeto (Kamenszain, 2016). En Desembocadura, esa relación puede verse en la manera en que el paisaje se incorpora a la memoria y la memoria vuelve a modificar la percepción del paisaje. Cuanto más se interna la voz en sí misma, más mundo encuentra.

Por eso el territorio adquiere una presencia tan concreta. La sequía, el monte santiagueño y el calor estigio no forman simplemente el paisaje donde transcurre la experiencia. Condicionan aquello que el cuerpo puede sentir y decir. “El aire es una espina que lastima la piel”, escribe Acuña, y el verso transforma una sustancia invisible en una herida. El aire deja de ser atmósfera para convertirse en contacto. El paisaje entra en el cuerpo hasta modificar su sensibilidad. 

La lectura de Jens Andermann resulta especialmente fértil en este punto. En Tierras en trance, su reflexión sobre las relaciones entre arte, naturaleza y paisaje permite pensar el espacio más allá de una escena dispuesta frente a quien la contempla. El paisaje aparece ligado a las formas materiales e históricas de habitar un territorio y de relacionarse con él (Andermann, 2018). En Acuña, esa relación se vuelve física. La tierra seca no está delante de la voz. Está en ella. El calor altera el cuerpo, la piedra modifica su lenguaje y la sequía determina las condiciones mismas de aquello que puede decirse. 

Pero la relación con la materia no queda reducida al padecimiento. En Afluente, la voz aprende a convivir con aquello que la enfrenta. “Amansé tus filos / abracé tu rudeza / hasta la ternura / para volverla / un hogar”. La piedra conserva sus filos y su rudeza, pero el contacto produce una transformación. El sujeto aprende a habitar aquello que antes aparecía como resistencia. El hogar surge del roce, de la permanencia junto a una materia que puede lastimar. 

Ahí el agua aprende la piedra. La imagen que da título a esta lectura permite pensar uno de los movimientos centrales del libro. El agua no vence a la piedra ni consigue eliminar su dureza. Encuentra una forma de pasar por ella, de reconocer sus obstáculos y modificar su propio curso en ese encuentro. Algo semejante ocurre con la voz. El territorio no desaparece cuando entra en el poema. Adquiere una nueva forma dentro de él. 

Esta relación entre materia y lenguaje permite entender también el modo en que Desembocadura construye su intimidad. Lo vivido permanece en los cuerpos como una marca, pero esas marcas provienen de un contacto con el mundo. La memoria está hecha de lugares, de vínculos, de superficies, de temperaturas. Por eso el recuerdo nunca aparece completamente separado del presente. Cada vez que vuelve a decirse, vuelve a tocar aquello que lo produjo y adquiere una forma distinta. 

Después de Afluente, el recorrido conduce naturalmente hacia Desmadre. Las aguas recibidas comienzan a superar la capacidad del cauce. Lo que antes permitía el movimiento se vuelve insuficiente para contenerlo. “Ya no cabe más agua / en el corazón del cauce / inundado”, escribe Acuña. La paradoja concentra la crisis del poemario. El cauce queda desbordado por aquello mismo que le da existencia. El agua que lo define es también la fuerza que amenaza con hacerlo desaparecer.

Aquí la lectura de Florencia Garramuño permite avanzar sobre la forma que adopta esa crisis. En Mundos en común, Garramuño estudia obras contemporáneas que cuestionan las formas de pertenencia y las fronteras de una individualidad cerrada, y observa cómo ciertos procedimientos artísticos producen zonas de convivencia entre materiales, experiencias y lenguajes diversos (Garramuño, 2015). En Desembocadura, esa convivencia se vuelve la experiencia misma del sujeto. La voz comenzó hablando desde un cuerpo de agua y termina enfrentada a la imposibilidad de contener todo aquello que la atraviesa. 

El desborde, entonces, modifica también la idea de pertenencia. El paisaje deja sus marcas sobre el cuerpo; la memoria conserva esas marcas; los vínculos las vuelven a poner en circulación. Ya no resulta posible separar con claridad aquello que pertenece al sujeto de aquello que proviene del mundo. El agua que invade el cauce trae consigo otras materias y otros tiempos. Al desbordarse, transforma las condiciones desde las que la voz podía reconocerse. 

Por eso la escena siguiente adquiere una violencia particular. “Estrellarme / reventar / contra las piedras / deshacer de mí / la mugre pegada en la piel / las marcas de tu boca pétrea”. La piedra que había sido abrazada hasta la ternura reaparece ahora como una superficie contra la cual el cuerpo quiere romperse. El vínculo con el territorio conserva toda su ambivalencia. Puede ofrecer refugio y herida, pertenencia y pérdida. La voz quiere desprenderse de las marcas del contacto, aunque son esas mismas marcas las que revelan hasta qué punto aquello que estaba afuera ya forma parte de ella. 

La memoria participa de esa transformación. Lo que permanece no es una imagen intacta del pasado, sino aquello que el contacto dejó sobre el cuerpo. En este punto, la lectura de Kamenszain vuelve a resultar significativa. Si la intimidad puede construirse a partir de materiales compartidos, la memoria de Acuña tampoco funciona como un depósito individual. Está atravesada por el territorio y por las relaciones que lo habitan (Kamenszain, 2016). Recordar supone volver a entrar en contacto. Por eso cada recuerdo modifica aquello que recuerda, del mismo modo que cada afluente modifica el curso que lo recibe. 

Los cuatro movimientos del libro construyen así una transformación continua. Nacimiento descubre una voz hecha de agua. Afluente la expone al encuentro con otras materias. Desmadre lleva ese contacto hasta el límite de la contención. Desembocadura enfrenta finalmente a la voz con aquello que queda cuando el cauce pierde su forma. 

Hacia el final, esa pérdida puede leerse también como una apertura. Desembocar significa dejar atrás una forma de circulación para entrar en otra extensión. Allí adquiere especial fuerza la lectura propuesta por Luciana García Barraza en el cierre del volumen, donde la poesía aparece ligada a una búsqueda de ternura en medio de una tierra arrasada. Después de la piedra, la sequía, el calor, la memoria y el desborde, la ternura aparece como una forma de persistencia. 

Quizás allí se encuentre la fuerza más profunda del libro. Acuña escribe desde una materia que se transforma por contacto. El agua avanza contra la piedra, aprende sus formas, recoge aquello que encuentra y continúa. La voz poética hace algo semejante. Lleva consigo las marcas del territorio, las heridas, la memoria y los vínculos, pero también la posibilidad de transformar aquello que la atraviesa. Al final, el poema no conserva intacto el cuerpo que lo inició. Lo transforma el roce con la piedra, la sequía, la memoria y todo aquello que encontró en el camino. Quizás esa sea la verdadera desembocadura del libro, el momento en que perder la forma deja de significar desaparecer y se convierte en otra manera de seguir siendo agua. 

Un poema del libro

Me rompo
me ensancho

en cada salto
de tus piedras
me vuelvo más furioso

ya no soy el mismo río
no es la misma agua
del remanso que te besó los pies
al final del verano

voy
en
caída

no hay piedra
no hay palabra
no hay plegaria
que sosiegue este cauce
que arrasa embravecido.

Andermann, J. (2018). Tierras en trance: Arte y naturaleza después del paisaje. Metales Pesados. 

Garramuño, F. (2015). Mundos en común: Ensayos sobre la inespecificidad en el arte. Fondo de Cultura Económica. 

Kamenszain, T. (2007). La boca del testimonio: Lo que dice la poesía. Norma. Kamenszain, T. (2016). Una intimidad inofensiva: Los que escriben con lo que hay. Eterna Cadencia.

Para conocer más sobre el autor:

Para conocer más sobre Stefano Branca:

Poesía, cine y actualidad.

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