
La poesía de Valeria Cervero
Introducción biográfica
En el día de hoy, les compartimos poemas de Valeria Cervero que son parte del libro Un ciervo en tu memoria, que publicara Editorial Llantén en el año 2025.
Valeria Cervero Nació en Buenos Aires, es correctora, editora y poeta. Como ella dice en su presentación, tiene una práctica constante en la observación de aves y bichos. Publicó diez libros de poemas. Los dos últimos son Agujeros en la superficie (Kintsugi, 2021) y Un ciervo en tu memoria (Llantén, 2025).
Integra el equipo de la prestigiosa revista Op.cit. Y, entre otras de sus actividades vinculadas a la poesía, realiza un ciclo Salvaje Fruta junto a Ayelén Rives.
Entrevista Rusa
¿Qué es la poesía para vos?
Para mí la poesía se vincula con una manera de escuchar y ver el mundo, una forma de habitarlo, en la que lo pequeño puede ser un universo. Un modo de seguir viva también, incluso aunque casi todo parezca estar del lado de la destrucción. Creo también que la poesía tiene un territorio común con la infancia, y que ese cruce le abre a la lengua otras posibilidades.
¿Seguís un método para escribir?
Mi escritura por lo general surge a partir de algo que veo, escucho, leo… A veces de manera casi inmediata; otras, puede demorar años. En ciertos casos, tengo un “plan” previo; pero los poemas suelen ir apareciendo hasta que, en determinado momento, empieza a armarse un camino común. A veces necesito investigar sobre algún tema, y eso puede darle otro rumbo a lo que escribo. Corrijo bastante. No tengo otras rutinas.
¿Cómo llega la escritura a tu vida?
Empecé a escribir cuando era chica. A los 7, 8 años escribía versos y relatos en libretitas. Creo que lo que me llevó a querer hacerlo fue la lectura. Pocas cosas me entusiasmaban más que los mundos que los libros me permitían conocer e imaginar. Supongo que en algún momento se volvió necesario intentar crearlos también.
Los poemas Valeria Cervero
Poemas del libro Un ciervo en tu memoria
Una foto de las vigas para demostrar que puede sostenerse.
Y sin embargo, después de tanto tiempo,
no hay techo ni paredes. Solo un cielo
estrellado como una figurita repetida cada noche
que no nos pertenece.
Las corridas, los gases, los disparos
atraviesan décadas y cuerpos. Una colección
de historias que solo contamos a medias,
entre las calles y cada océano.
Hay un ciervo en tu memoria
y es su sombra la que seduce o asusta.
Las canciones de la infancia vuelven a sonar en medio de otro mundo.
Pero el mismo en su dolor
y en su estallido.
Sabemos que los cortes
no cortan la historia,
no separan la raíz
de lo que se abre,
sólo hacen tajos en la piel que resiste,
una hendidura que deje ver
cierta expresión intraducible de dolor.
Pero abierto el recorrido,
¿qué queda para cada cuerpo? ¿Una corona
de fósiles que se resecan? Quizá la marca
de una rodilla después de la arena:
el amor es la distancia hasta el infinito
en el que una vez nos reconocimos,
ese vuelo de polvo
que no termina de caer.
La ternura de las jirafas me recuerda
posibles refugios entre tanto daño.
Como las conversaciones inesperadas en esa tarde hosca.
Si el dolor sirviera para algo,
podríamos atravesar lo oscuro con valentía,
o perdonar más fácilmente después de la hora.
Pero el regreso al cuerpo a veces se logra
derribando paredes o incluso
saliendo a recibir al nuevo caminante rápido.
Un gesto que nos hermana, aunque tarde,
más allá de cualquier especie.
Dicen que esta ciudad tiene un río
que aún toca sus orillas a pleno sol,
que hay quienes todavía buscan su oleaje
como si no fuera mentira pintada tras los ceibos,
o recuerdan travesías desde el otro lado del mundo para no volver.
Dicen que esta ciudad tiene un río,
que bañaba su tierra cuando no era promesa imposible
ni persecuciones ni centros de dolor,
que alguna vez los cuerpos disfrutaron sus aguas
y criaturas de las profundidades visitaban su costa
en un tiempo en que no temían volverse despojo.
Dicen que esta ciudad tiene un río,
aunque no logre verlo más allá de mis sueños,
como un manto lejano que persigue el horizonte
en medio de una brisa que roza noviembre,
un espejismo de este lado del desierto que alimenta
un futuro de dientes de león.
Finalmente reconocemos nuestro humo,
como lo hacemos con el polen que se muestra al sol
o las ideas que nos toman desde abajo.
Los efectos de la luz permiten no verlo y simular
que no somos lo mismo,
que una estrella se distingue de otra,
una célula de otra,
y que es verdad que llevamos un nombre.
Aunque más bien estemos aun
de los dos lados del ojo,
como un sueño que viene y va, que nos expande
el cuerpo, el ritmo, la voz,
sus dimensiones desconocidas.
Para conocer más sobre la autora:
Nací en Buenos Aires en 1972. Trabajo como correctora y editora. También me interesa observar plantas, aves y otros bichos; leer y escribir sobre sus modos de habitar el mundo. Publiqué diez libros de poemas. Los dos últimos son Agujeros en la superficie (Kintsugi, 2021) y Un ciervo en tu memoria (Llantén, 2025). Participé de diversos proyectos de poesía para todas las edades. Actualmente integro el equipo de la revista digital Op. cit. y Poeplas, ciclo de poesía para las infancias, y junto a Ayelén Rives organizamos Salvaje Fruta, recital de poesía y música en el tejido de lo vivo.
Poesía, cine y actualidad.


