Poemas de Gabriel Gómez Saavedra

Gabriel Gómez Saavedra

Poemas de Gabriel Gómez Saavedra

Breves comentarios contextuales

Antes de compartir los poemas de Gabriel Gómez Saavedra, es preciso mencionar algunos mínimos comentarios sobre su vida. En primera instancia, el autor nació en Concepción, Tucumán, en el año 1980. A lo largo de su vida ha publicado una extensa obra, así como ha sido colaborador de distintos medios especializados en poesía como “La Papa”, “Hablar de Poesía” y “Vallejo&co”.

Entre algunos de sus libros se encuentran “Escorial” (Huesos de Jibia, 2013) y “Siesta” (Último Reino, 2018) y “Era” (Falta Envido, 2021). Sin embargo, además, ha publicado algunas plaquetas y formó parte de distintas antologías.

Entrevista rusa

¿Qué es la poesía para vos?

La poesía es algo tan simple e inevitable como un designio y un misterio.

¿Cómo es tu proceso de escritura?

Mi proceso de escritura fluctúa entre lo constante y el vaivén. Lo constante está marcado por una idea regidora que, una vez elegida, será la que enmarque el trabajo sobre los poemas que voy a encarar, extendiéndose desde que esa idea aparece y hasta que es reemplazada por otra, y el vaivén está representado por la ejecución de la escritura, que no tiene disciplina ni horario fijo, porque la llevo adelante cuando el ruido de la cabeza y de la rutina me lo permiten.

¿Cómo fue que llegaste a la poesía?

Sin duda algo que fue fundante, incluso mucho antes de saber que iba a querer escribir poesía, fue tomar descubrir, con los primeros libros que leí de chico, que el lenguaje podía construir, en mí, una materialidad emocional y gozosa. Pero, definitivamente, lo que me invitó al desafío de escribir poesía “a consciencia”, fue la lectura de poetas del Noroeste Argentino, porque recién ahí pude reconocer a la poesía como una maravilla cercana.

Poemas de Gabriel Gómez Saavedra

Todos somos buenos cuando morimos

Mi razón no pide piedad
se dispone a partir

Hamlet Lima Quintana

Nos empeñamos
en inundar a nuestros muertos
de letanías,
de alumbradas y perdones postizos
cuando quizá
habría que dejarlos solos
medir la distancia de su cielo
mientras cruzan el río
con un ala de dragón
pesada por tanto polvo
y un espejo donde enfrentar
el fuego negro de sus siembras.

Ruta 38

Todavía tengo este dolor desorientado 
y la boca seca…
Estoy recién salido
de una ascensión algodonada,
del paisaje donde el blanco lo pisa todo
y uno no termina
de ser engullido.
Ahora me aquieto en esta síntesis
diagramándose de voces superpuestas
y de pasos que gotean con el suero,
cayéndome ajenos
por la baja guardia de la yacencia.

Hay un pedazo de conciencia que se me debe
atrasado entre el caucho frenado,
los metales retorcidos del auto
y los de la rastra cañera*;
como si a la luz del oxígeno
temporalmente la enterrara
un golpe de ceniza.

Supongo que es domingo.

Los azulejos
de la sala del hospital
se cuadriculan con las filas
de las hormigas del hielo.


El alto yeso del techo,
el ácido olor de las esterilizaciones
y el cavernoso hueco
del que abandonó la cama de al lado
se intercalan
perteneciéndome.

Sí, debe ser domingo.
La descuidada lluvia
afuera
va como afirmándolo.

* Conjunto de acoplados, volquetes o vagones de carga diseñados para transportar caña de azúcar desde la finca hasta el ingenio azucarero. Es tirada por un tractor o camión y es una herramienta fundamental de la logística en la cosecha de caña de azúcar (zafra).

Una yegua

Con el esqueleto adelantado
y la pata atascada
está.

La yegua
convocando la última línea del aire
comienza a parir.
Nosotros
hábiles en posterizar
el caníbal del presente
le apuntamos
con las cámaras de los celulares.

Las sombras de las moscas
sudan
carro arriba
el único círculo
de fiel arrimada.
La naturaleza
descabezada
ha reproducido el suyo
y puebla el ecosistema
del desamparo.

Invernal de Avenida Avellaneda

Ubicarse en la parada
a contraste de un cielo aún fundido,
por duro y primario,
basta
para empezar a recibir el murmullo
del mapa de los precipicios
que habremos de acomodar
para la jornada.

No importa
cuánta molécula de luz,
como insecto,
salpique la ventanilla
violentando
al párpado aceitoso.
Esta avenida
sigue siendo la lengua
haciendo cauce entre muros viejos
que de a poco
se van arrodillando.

... No ha de saberse
si es helada o ceniza
lo que entrama en los hombros
de los que licuaron la noche
en las veredas.

Sí podría jurarse
que nunca el sol demoró tanto
la asomada,
que los pájaros requisan
espectros rincones
por hallarse la voz.

Bajar
con estos pies a destino
será asumir la forma del leproso
que añora
sus pedacitos abandónicos
mientras se semillan los relojes
que quedan
por consultarle al día.

Casa

A Cuny

Sabe que la casa
remoja su pulso
en la orilla de los años
y los espejos,
que aún,
bajan a beber de la piscina
murciélagos razantes.

Como inquilino de la habitación trasera
diagramará el conjuro que descabece
la biografía de su nada
(por si otro amanecer
marchita).
Pero
atrofiada la tarde
funde eucaliptos linderos
y ahoga su naranja
en los vidrios de la tapia.

La lechuza
puede salir
breve
a chillar su calavera.

Aprendí de mi padre la pericia para cazar ratas. La trampa y el cebo precisos para sus sombras breves, cabiendo en el reojo. 

Presa inacabada: siempre hay otras y la misma, rehaciéndose en el olor del silencio.

Crecí sin cuestionar esta herencia. 

Los días, desde afuera, desgastan las ventanas. Y entre sus dientes, que no paran de crecer, nos volvemos más lentos para afrontar las nuevas cacerías.

No pedí esta carne leve, ni estos huesos inútiles como las iluminaciones a la luna. Ni el seso, ni el espíritu, indolentes a la gula del sol.

Esta sombra ligada a los pies podría caber, en cualquier momento, en el molde de otro.

Ni siquiera comprendo por qué me retuerzo hacia el futuro, si los ojos son la fruta hueca del tiempo.

Lo único que sé, es que cuando éste que se dice mi corazón es puesto en vos, no le queda más remedio que vibrar como una fluorescencia contra la noche de los depredadores.

a Mariana

Para conocer más sobre el autor:

Poesía, cine y actualidad.

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