Poemas de Estela Zanlungo

Poemas de Estela Zanlungo
Estela Zanlungo

Poemas de Estela Zanlungo

Breves comentarios biográficos

Antes de compartir los poemas de Estela Zanlungo: nació en Lomas de Zamora. Es poeta, docente y Técnica Superior en Coreografía e Interpretación de Tango. Ha publicado distintos libros de poesía a lo largo de su trayectoria. Algunos de ellos son Soñar con Agua, Los días del Buitre y Casa de Buey.

Obtuvo el primer premio del Fondo Nacional de las Artes en el año 2012 y una mención honorífica, también del FNA, en el año 2021. Su trayectoria poética es vasta y profunda. Su último (y reciente) libro publicado se titula Todas queríamos ser Laura.

Sobre la poesía de Zanlungo

Sin descubrir nada, podemos decir que Estela Zanlungo es una de las tantas grandes poetas de la actualidad. Su poesía es amplia. No se casa con ninguna forma, tampoco con los temas. Por el contrario, escribe, sí, siguiente el pulso de las cosas que la imantan. En una entrevista con la Agencia Paco Urondo, nuestra autora nos da un pantallazo sobre su poesía:

creo que Casa de buey retoma, aunque desde otro lugar, una temática relacionada con lo doméstico, incluso lo íntimo de Soñar con agua, mi primer poemario, después de un trayecto de otros tres libros centrados en una idea más cercana al mundo exterior, al nosotros. El buey se ha adueñado de la casa: ese animal lento, al que le gusta holgazanear y al que le cuesta ponerse de pie, cuando quiere toma envión y arremete sin prever los daños. Bien se lame, dice el refrán, y yo me río un poco de mí misma porque aquí no hay con quien partir el pan y como buey que soy también me lamo las heridas para curar lo que ha dolido.

Claudia Masin sobre Zanlungo

Con respecto a este nuevo libro del que compartimos una selección poemas, Claudia Masin expresa lo siguiente:

Y Zanlungo lo hizo de nuevo. Hace muchos años que la leo. Y nunca a un libro suyo le faltará ferocidad, amor, humor, inteligencia, música, comprensión del mundo, sorpresa frente a la vida, delicada nostalgia y temeraria carrera hacia el futuro, por no mencionar la manera en que suele clavarse en el presente y mostrárnoslo de un modo descarnado y rebelde. Porque insumisión, insumisión es el hueso principal de este cuerpo de letras, de esta obra soberbia que tiene entre manos. De una u otra manera, la poesía de Zanlungo nos dice que las cosas fueron como fueron, son somo son, serán como serán, pero no. No porque allí donde a la fuerza alguien haya querido o quiera enderezar lo torcido, allí estará su poesía para torcerlo de nuevo.
La maestría de Zanlungo para mostrarnos el pasado es cosa seria. Porque ya sabemos, la poesía no explica, muestra. Y cuando alguien nos muestra las escenas del pasado con tal sutileza, con tal sensibilidad, con tal inteligencia, entendemos todo lo que hace falta entender. Y lo que no, se lo dejamos al misterio.

Los poemas

Las Lilianas llevaban el pelo lacio a la cintura
y las medias tres cuartos caídas
sobre el huesito del tobillo.

Caprichosas, las Mónicas
y dios mío ¡qué lenguas!

Casi todas las Gladys se llamaban Noemí
pero algunas, Mabel.
La mitad de los chicos
era Daniel después del primer nombre.

Las Gracielitas tenían caras de muñeca pielros.

A las Alicias, las madres les hacían vestidos
que cortaban del Burda
y las peinaban alto con moño y media cola.

Las Celias eran viejas a los nueve
las Sandras, pícaras.
Las Normas a los doce fumaban en el baño
las Mirtas parecían de veinte a los catorce.

Las Noras, sobre todo,
vivían tratando de domar como a leones
sus cabezas salvajes
y en la cola de los mandados del domingo
sobresalía el pañuelo de la toca.

Estelita,
el cantante inflaba de saliva el rulo de la ele,
y a mí me ardían las mejillas
como si se me viera la bombacha.

Los hijos de italianos se llamaban Carlitos
y casa de por medio
todos los meses bautizaban a uno.
En cada cuadra había cinco Jorges.

A los Marcelos les cortaban el pelo
siguiendo el borde redondo de una taza.

Los Guillermos eran abanderados
pero los Marios mandaban en el medio
con el cinco en la espalda.

Para austeros los Julios,
al arco, los Norbertos.

Miguel hubo uno sólo.
Leía todo el tiempo
atrás de unos anteojos estridentes
el pelo alborotado,
un gato de la calle.

Uno solo nomás
casi como un Ernesto.

Las tías Irmas se casaban con Cachos
las Ñatas con Alfredos,
y desde Carlos Paz escribían postales
con vista al lago y al cucú.

Después vivían sin lujo en una pieza grande
y compartían el baño y la cocina
hasta que un demagogo
les hizo un chalecito
con chimenea y piso de parquet.

A los cuarenta y tantos
las tías ya eran viejas
excepto algunas sin edad:
Nildas, Elenas, Cármenes
irían a morir de muerte natural
dejándonos la Singer
que les había regalado la Santa.

En cambio, una gallega
con ínfulas de dueña y trato con Entel
vivió hasta los cien años
lustrando un aparato que nunca prestó a nadie,
porque en este país
no progresa
el que no quiere.

Cuando cumplimos doce 
nos estiramos como ramas
de un día para otro nos llenamos de brotes
y pasamos a calzar 36.
Muertas con los de quince
despreciamos
a los que se quedaban empujando
la bolita en el hoyo.

En ese aterrizaje forzoso en otras pistas
los Adrianes eran churros,
los Alejandros bailaban el rock que había que verlos,
pero la música del Winco la traían los Hugos.

Cada mañana
yo veía espigarse un fruto mío
bajo la luna de la blusa
y de su pulpa el vapor de una edad
que empañaba los vidrios
de todas las ventanas.

La libertad entonces
era un timbre a las cinco
la calle ancha
el guardapolvo desprendido
sobre la boca del recreo del mundo.

A la hora de la siesta se colgaban las luces
se refrescaba el patio
y en fila india entraban los vecinos
llevando en andas las banquetas
que apilaban al lado del jaulón.

Un auto de alquiler estacionaba
junto al cordón de la vereda.
Adentro, la modista
sujetaba el tocado con horquillitas invisibles.

Todos juntos entonces,
en una escena de comedia italiana,
de la casa a la iglesia y vuelta al patio.

Los de la orquesta iban llegando
sedientos como esponjas y
se tomaban su tiempo de afinar,
como a un gatito el instrumento
al tacto,
el ojo atento a las polleras.

Después del brindis repetido
la madre de la novia dejaba
de llorar y había que salir con el fuentón
a buscar hielo en otras casas.

Cerca de medianoche
al cantor le brillaba la nariz
cuando anunciaba el valsecito del final
-Bajo un cielo de estrellas, Flor de lino-
y ardía el aire de la variación
los músicos sudados del moño hasta la suela.

Al rato, nada más
croar de ranas y en lo oscuro
huesos
para la fiesta de los perros.

Para conocer más sobre la autora:

Poesía, cine y actualidad.

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