
La mitad asomada: la hospitalidad del rastro en Sonia Scarabelli
Por Stefano Branca
Existe en la poesía argentina actual una zona de silencio y precisión que Sonia Scarabelli ha sabido cultivar con la paciencia de quien cuida un jardín. Desde La memoria del árbol (Editorial Municipal de Rosario, 2000) hasta su poesía reunida, La felicidad de los animales (Bajo la Luna, 2022), su escritura se despliega en una escala de lo ínfimo donde la mirada declina la organización jerárquica del mundo para detenerse en aquello que apenas persiste. Esta operación ética se manifiesta en un lenguaje hospitalario que aloja lo que se retira de la categoría de acontecimiento para dejar una marca indeleble en la percepción. Esta disposición permite pensar su obra a través de una poética del rastro, entendido como una forma de presencia debilitada que elude la integración en un sentido cerrado y desafía la pulsión de dominio del sujeto sobre el objeto.
Esta escritura se sostiene en lo que Ana Porrúa (2011) define como una caligrafía tonal, una modulación donde la voz evita la fijeza del concepto para registrar las vibraciones más sutiles de lo vivo. La noción de memoria íntima propuesta por Javier Lopérgolo (2022) resulta aquí central porque lo que persiste en estos poemas habita el texto como un resto que retorna sin estabilizarse en un relato definitivo. No hay una reconstrucción del pasado, sino una convivencia con sus fragmentos que mantiene la experiencia en un estado de apertura. En “La mitad asomada de cada cosa”, esta lógica se materializa en la propia organización de lo visible:
Aparece de pronto en la puerta de la cocina,
un lado de su cuerpo queda oculto y pienso
en nosotros mismos y en la mitad
asomada de cada cosa.
Cortada al medio por la celosía
de madera gastada, y con sonrisa
de mona lisa —que dicen no se sabe
bien de qué sonreía—,
sale a la luz, y en la gracia del gesto
se retira un poco al mismo tiempo,
[…]
La percepción se construye desde una falta que subvierte la imagen como posesión. La figura aparece atravesada por su propia retirada, situando la voz en el umbral entre lo que se muestra y lo que se vela. Ver implica sostener una relación con lo incompleto, reconociendo en la mitad oculta una categoría ontológica donde la realidad se ofrece mientras se sustrae. Esta forma de atención se vincula con la disposición amorosa que describe Beatriz Vignoli (2009), una cercanía que renuncia a la apropiación del objeto para simplemente mantenerse junto a él. En diálogo con Tamara Kamenszain (2000), esa proximidad sitúa el lenguaje en un borde donde se insiste sobre aquello que no termina de decirse.
Esa misma lógica de aproximación se desplaza hacia la experiencia del tiempo en “Como las cosas son”, donde la lentitud se manifiesta como una temporalidad circular que altera la linealidad del progreso:
[…]
El tiempo es así, y no hay manera de evitarlo,
o de ver claro mientras te ciega
la fuerza de la luz que golpea
como una correntada en la mitad del día.
Caer ascendiendo, como dijo Simone Weil,
eso querría, cerner la carne hasta volverla
harina de otro costal, alimento, hierba
para los caballos del sueño.
La irrupción de la luz desestabiliza la percepción y vuelve problemático lo visible. La aspiración de Weil de caer ascendiendo —la aceptación de la gravedad y la finitud como única vía hacia la elevación— se vuelve el movimiento central de esta poética. Es una gravedad que transforma la materia en un rastro puramente afectivo. En “Eucaliptos”, esa ambivalencia alcanza el cuerpo del objeto cuando lo arrasado permanece como irradiación:
Fue entonces cuando vimos
los eucaliptos quemados
despedir un dorado fulgor como si en ellos
el sol hubiese dejado para siempre
su luz más fina,
cambiando en zarza ardiente el bosquecito
de árboles que rodaban silenciosos
de regreso a la tierra.
Aquí el rastro deja de ser un residuo del pasado para constituirse como una cualidad de lo real. La materia conserva una huella que insiste en su propio desvanecimiento, transformando la pérdida en una luz más fina que no compensa la desaparición, sino que da testimonio de ella. En libros como Últimos movimientos (Bajo la Luna, 2018), esta observación se vuelve casi mineral, despojada de cualquier adorno que empañe el encuentro con lo que cae.
La articulación de estos conceptos converge finalmente en una ética de la implicación que Scarabelli radicaliza en el encuentro con la otredad. En poemas como “Cazan”, la escucha y la observación del gesto animal disuelven la distancia soberana entre quien mira y lo mirado:
[…]
Cuando los oigo pasar me quedo quieta
como si hubiera
algo sagrado sucediendo ahí.
Cazan para comer
a su hora y en punto simplemente,
y algo de mí
en la presa.
Este cierre rompe la jerarquía del sujeto lírico. El rastro ya no es solo una marca en el mundo, sino una herida que atraviesa a quien percibe. La poética de Scarabelli se consolida así como una ontología de lo incompleto donde la fragilidad opera como una forma de soberanía perceptiva. La hospitalidad ante lo que se retira asegura una permanencia que prescinde de la posesión del sentido para fundar una política de la atención. Al habitar la mitad asomada de las cosas, la escritura no solo custodia lo que el tiempo erosiona, sino que logra que lo mínimo se vuelva soberano al ser honrado en su resplandor fugaz.
Selección de Stefano Branca
La mitad asomada de cada cosa
Aparece de pronto en la puerta de la cocina,
un lado de su cuerpo queda oculto y pienso
en nosotros mismos y en la mitad
asomada de cada cosa.
Cortada al medio por la celosía
de madera gastada, y con sonrisa
de mona lisa —que dicen no se sabe
bien de qué sonreía—,
sale a la luz, y en la gracia del gesto
se retira un poco al mismo tiempo,
como avisando: algo pasará
y me veré distinta, pero ahora
soy yo en esta sonrisa que te mira
con amor, como si fueras todavía
la hija que crié y tuve entre mis brazos.
En ese instante justo,
mientras está así parada vuelvo
la cámara de fotos hacia ella y, clic,
ahí queda suspendida
mirándome a los ojos, su sonrisa
que no sé, o el misterio
oculto detrás de la mitad
asomada de cada cosa.
Enseñanza también del otro lado
que no vemos y es, como la vida,
una mitad que se ilumina y ciega
de pronto hacia la muerte,
como ahora la parte
secreta de la madre.
Como las cosas son
Ahora las cosas pasan más lentas que antes,
como una sangre que nunca llega al río
los pensamientos corren por calles iguales,
miran las mismas fotos, recuperan
las mismas piedras tropezadas dos veces.
El tiempo es así, y no hay manera de evitarlo,
o de ver claro mientras te ciega
la fuerza de la luz que golpea
como una correntada en la mitad del día.
Caer ascendiendo, como dijo Simone Weil,
eso querría, cerner la carne hasta volverla
harina de otro costal, alimento, hierba
para los caballos del sueño.
Eucaliptus
Fue entonces cuando vimos
los eucaliptos quemados
despedir un dorado fulgor como si en ellos
el sol hubiese dejado para siempre
su luz más fina,
cambiando en zarza ardiente el bosquecito
de árboles que rodaban silenciosos
de regreso a la tierra.
Cazan
Cazan en la mañana radiante de mayo
los chimangos
y oigo su anuncio áspero de presas
surcar el cielo con un grito.
Yo no he visto en esta gran ciudad
cazadores más justos que estos dos,
que en la mañana cazan para comer
a su hora y en punto simplemente,
tan atados a la cadena
como cualquiera de nosotros,
y que no andan acumulando hoy
lo que no necesitan acechados
por el temor del mañana que no ha sido.
Cuando los oigo pasar me quedo quieta
como si hubiera
algo sagrado sucediendo ahí,
y algo de mí
en la presa.
Para conocer más sobre Sonia Scarabelli:
Nació en Rosario en 1968. Publicó, entre otros, los libros de poesía: La memoria del árbol (Los Lanzallamas, 2000), Celebración de lo invisible (Premio Municipal de Poesía Felipe Aldana, Editorial Municipal de Rosario, 2003), Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras (Bajo la Luna, 2008), Últimos veraneantes de febrero (Bajo la Luna, 2020), La felicidad de los animales. Poesía reunida 2000/2021 (Bajo la Luna, 2021), que incluía dos libros inéditos, y Las cosas comunes (Bajo la Luna, 2025). En 2009 publicó La orilla más lejana en la Colección de crónicas de la EMR. En 2023 recibió el Premio Provincial de Poesía José Pedroni para obra publicada por Últimos veraneantes de febrero.
Para conocer más sobre Stefano Branca:

Stefano Branca (2002, Buenos Aires). Estudiante de Bibliotecología en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeñó como bibliotecario en la Biblioteca populares y coordinó talleres literarios, entre ellos uno sobre literatura queer latinoamericana y otro de poesía argentina en los “margenes”, además de ciclos de poesía en espacios culturales de la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Coordina el ciclo de entrevistas “Voces Independientes” como proyecto de investigación e investiga sobre editoriales independientes argentinas. Su primer libro, Este lugar era un cuerpo, fue publicado en 2025
Poesía, cine y actualidad.


