
Por Adrián Magrini
Cuento de Sebastián Sylberberg
Antes de compartir el cuento El iniciado de Sebastián Sylbelberg, queremos compartirles las respuestas del autor a las dos preguntas de Adrián Magrini.
Dos preguntas
¿Qué te motiva a escribir?
No tengo del todo claro qué me motiva a escribir, ni tampoco qué me lleva a dejar de hacerlo. Lo que sí sé es que cuando no lo hago, me siento peor. No digo que escribir sea una necesidad, aunque quizás en parte lo sea, pero también me divierte, me distrae y, en algún punto que no podría precisar, me hace pensar que algo de lo que hago tiene sentido.
¿Cuáles son sus máximos referentes?
Pablo Ramos, Liliana Heker y Nora Rabinowicz, quienes en sus talleres me mostraron que hacer literatura no es solo para nombres como Dostoievski o Faulkner, sino también para quienes sienten la urgencia de contar historias.
También Salinger, Fante, Auster, Borges, Saer, Rulfo: lecturas que marcaron mi deseo de escribir.
El iniciado
Lo primero que pensé cuando se nos acercaron fue que no parecían unos pervertidos. Porque a diferencia de lo que creía Pamela, eso era lo que yo esperaba encontrar en un lugar así. Eran más grandes que nosotros, de unos cuarenta y tantos.
—¿Primera vez? —preguntó la mujer.
Pamela se rio, me dio un golpecito con la pierna.
—Técnicamente, sí —dije.
No sé por qué usé esa palabra. Técnicamente. Supongo que por los nervios.
—¿Van a jugar un rato o se van a quedar acá mirando?
El tipo tenía facha. Llevaba una camisa que a mí me hubiese quedado como traje de payaso. En las manos, unas máscaras de carnaval carioca.
—Por ahora miramos —dije, y lancé algo así como una risa.
—También queremos jugar —dijo Pamela.
Me molestó. Parecía que los tragos le estaban haciendo más efecto a ella que a mí. Me dio un codazo y dijo:
—¿O no amor que también vinimos a jugar?
—Bueno —dije—, es que… ¿nos permiten un momento?
La mujer se rio.
—Cuánta seriedad —dijo.
Camisani no dejaba de mirar a Pamela.
—¿Qué habíamos hablado? —dije, en voz baja.
Era ridículo, la música no estaba fuerte, ellos escuchaban todo.
—Es solo un minuto —dije.
Pero no se movieron.
—Pueden mirar si quieren —dijo ella, y abrazó por la cintura a Camisani.
—¿Mirar qué?
—Agustín, por favor —dijo Pamela.
—Es que hay algo de lo que no hablamos —dije.
—Hagamos una cosa —dijo la mujer, con una sonrisa que ahora sí me pareció de pervertida—. ¿Ven esas cortinas? Bueno, vamos a estar bailando por ahí. Y si no, le preguntan a él por Normita —señaló al barman que estaba apoyado con las manos en la barra.
Después nos dio un beso baboso en el cachete.
—Bienvenidos —dijo.
Camisani tiró sonrisa de galán y se alejaron.
Sida, sífilis, y otras tantas enfermedades que seguramente ni conocía pero que Normita podía contagiarme. Y Camisani, qué sabía yo cuáles eran sus intenciones, podía intentar meterme algo mientras yo miraba eso que Normita proponía que miráramos. Pero no solo lo pensé, se lo dije a Pamela. Le dije que no era necesario llegar tan lejos para pasarla bien. Ella volvió con el reclamo de que siempre hacíamos lo mismo.
—Pensé que habías entendido —dijo—. Al final seguís siendo igual.
Después de una pausa, agregó:
—Además, yo sí quiero jugar.
Me tomé lo que quedaba en el vaso, que era más hielo derretido que otra cosa.
—Yo sabía que se venía esto —dije, y enseguida me arrepentí.
Pamela se levantó de la banqueta.
—Esperá, tomemos algo más —dije—. Hablemos un poco.
Le agarré la mano.
—Ahora vengo —dijo.
Le apreté más la mano.
—Dejame, voy al baño —dijo, y murmuró algo que no llegué a entender, pero sospeché de qué se trataba.
Caminó en dirección a los baños. La seguí con la mirada. Estuve a punto de ir hasta ella y pedirle perdón. Decirle que sí, que había cambiado, que lo estaba intentando. Pero justo en ese momento el barman me habló.
—Así que primera vez, ¿eh?
Agarró la botella de vodka con la que nos había preparado los tragos.
—A Norma le encantan los no iniciados.
No dije nada.
—Estás muy tenso, hombre —dijo, riéndose—. Dale que esto en un rato explota. Es una fiesta.
—¿Me preparás otro? —dije, alcanzándole el vaso.
Apoyó un vaso limpio de plástico sobre la barra, le echó una medida generosa de vodka. La lata de speed al lado.
—Relajate un poco.
—Vinimos a mirar, nada más —dije, y pagué.
—No pasa nada, hombre. Tranquilo, acá todos vienen a mirar.
Abrí la lata, serví en el vaso. Un trago largo.
El barman me miraba. Movía la cabeza. Se reía. Seguro estaría borracho, o drogado.
Se me acercó y dijo:
—¿Sabés qué necesitas vos? Un ayudín.
Se agachó, buscó algo en un bolso.
—Por ser la primera vez —dijo, y me pasó un papel de aluminio—. Invita la casa.
Con Pamela fumábamos marihuana cada tanto. Un par de pitadas y nos reíamos por horas. Después pedíamos pizza y helado. Pero esto, esto nunca.
—Gracias, pero no —dije, devolviéndole el papel.
—No, no, no. Para usted.
No sé por qué, pero lo abrí. Me quedé mirando el polvo. El barman no paraba de reírse. Hizo un gesto de taparse la nariz. Entonces me tapé el agujero derecho y aspiré. Algo subió de golpe. Sentí que iba a vomitar.
—Con calma, hombre, con calma —dijo, agitando las manos.
Fuego en la nariz. En los ojos.
Subieron el volumen de la música y Sweet Dreams estalló en los parlantes.
El barman tiró una botella al aire y gritó:
—¡Aaaaarrrriba!
La atajó, se la pasó por detrás de la espalda y volvió a lanzarla por los aires.
Bajaron las luces y aparecieron otras de color: rojo, azul, amarillo. Había más gente que antes y entre todos vi a Pamela. Venía bailando. Sonreía, no parecía enojada.
—Vamos a bailar —dijo.
Terminé lo que quedaba en el vaso de un trago, salté de la banqueta y la seguí.
Everybody is looking for something leí en los labios de Pamela. Me agarraba las manos, dábamos vueltas, chocábamos con la gente.
Dancing Queen, Like a Prayer, Billie Jean. Música que hacía años no escuchábamos ni bailábamos. A nuestro alrededor, la gente apretaba por todos lados. Nosotros hicimos lo mismo. Pamela se me tiraba encima, me tocaba el pelo, me besaba el cuello.
Fui en busca de más tragos.
—Así te quiero ver —dijo el barman. Y le choqué la mano.
Con Let´s Dance armamos una ronda entre varios. Una chica bailó una danza ancestral en el medio de la ronda. Aplaudimos. Cuando llegaba el estribillo coreábamos al unísono: ¡Let´s Dance!
Perdí la noción del tiempo. Estaba transpirado, pero no me importaba nada.
Cuando sonaba I Love Rock ‘n’ Roll, apareció Normita. Estaba distinta: pantalón de cuero, remera con la espalda al aire. Bailó con nosotros. Mejor dicho, con Pamela. Bailaban pegadas. Bajaban, subían, levantaban los brazos, se reían. Una canción y otra más. Al principio las seguí. Aplaudía, gritaba uooo cuando bajaban, essssa cuando subían. Hasta que entendí que yo no formaba parte de la escena.
—¿Y el de camisa? —pregunté, pero ella ni me miró.
Pusieron una canción que no conocía. Dejé de bailar y las miré: Pamela tenía una expresión que nunca le había visto. Estaban muy cerca una de la otra.
—Pamela —dije.
Normita le pasó el brazo por la espalda, le rozó el cuello con la boca, le dijo algo al oído. A mí lado, dos mujeres abrazadas a un tipo que se reía; más allá, en la penumbra, se veía de todo.
Pamela me agarró la mano.
—Vamos a jugar —dijo.
Pero yo no quería jugar. Ni siquiera quería seguir bailando. Los efectos de todo lo que había tomado, incluido lo que me había metido por la nariz, ya no estaban. En su lugar, ahora se abría un pozo ciego.
Solté la mano de Pamela y caminé hacia la salida. Tuve la tentación de mirar hacia atrás, pero no me animé.
Me sorprendió que fuese de día. Crucé al kiosco, compré una botellita de agua.
—¡Qué noche, eh! —decía el kiosquero a un pibe que no podía mantenerse en pie.
Tomé agua. En un espejito vi mi cara: despeinado, los ojos vidriosos, unas marcas rosadas en el cuello. Pamela tenía razón, no se podía hacer siempre lo mismo.
Seguro no tardaría en salir ella también. Caminaríamos abrazados, como en los viejos tiempos, riéndonos de Normita, de Camisani, del barman y su ayudín.
Me senté en el cordón de la vereda.
Pero a medida que la luz del sol aterrizaba sobre las baldosas, el pozo ciego se abría y crecía cada vez más.
* El cuento pertenece al libro inédito Hasta que no quede nada
Para conocer más sobre el autor:
Sebastián Zylberberg se formó en los talleres literarios de Pablo Ramos, Liliana Heker y Nora Rabinowicz. Obtuvo el primer premio en un concurso de narrativa de la UBA y algunos de sus cuentos fueron publicados en revistas literarias. Tiene un libro de cuentos inédito y actualmente está terminando su primera novela.
Poesía, cine y actualidad.


