Cuento de Agustín Balestrelli

Agustín Balestrelli

Cuento de Agustín Balestrelli

Breves comentarios biográficos

Antes de compartir los poemas de Agustín Balestrelli, vamos a conocerlo un poco. En primera instancia, debemos mencionar que el autor nació en la Provincia de Córdoba en el año 1991. Es hincha de Boca. Y desde pequeño soñaba con jugar un mundial y consagrarse en primera. Según pudo averiguar este medio, fue un gran estudiante en la secundaria, pero la pasión por el fútbol y las amistades le hicieron llevarse Lengua y Literatura.

Estudió Lic. en Economía, hasta que leyó Rayuela y se dio cuenta de que, en realidad, lo suyo eran las letras, así que estudió Artes de la Escritura. Junto a Juan Pablo Puentes creó Open Gates Book, una distribuidora de libros.

Tres preguntas

¿Cómo llegaste a la escritura?

Empecé a escribir en el mismo momento en que empecé a trabajar en un empresa que no sea la de mi viejo. Volvía de la oficina y me ponía a escribir un cuento que no paraba de corregir. El cuento se lo regalé a mi psicólogo de entonces, no tengo ninguna copia, sí me acuerdo de qué trataba. En ese entonces tenía 18 años.

¿Qué es la poesía para vos?

La poesía para mi es poder ver el revés de las cosas. Están las cosas que se revelan como las fotos, gracias a la impresión de luz a color sobre el papel fotosensible, y su negativo. Ese negativo, soporte de todo lo que percibimos como realidad, es posible de descubrir a través de la poesía. No es que la poesía es eso, sino que es el ejercicio de la búsqueda.

Un cuento de Agustín Balestrelli

Homenaje a Lindolfo

Es posible que ustedes no sepan lo que pasa adentro de los salones de diálisis. Al igual que Lindolfo no sabía hasta que comenzó el tratamiento, a causa de la pérdida de su función renal, a los cuarenta y dos años. Así les dice a sus amigos, los verdaderos, los que hoy quiere cerca, para contarles esto que le pasa: “¡Quedé para tocar con el Pity y sus Intoxicados!” De manera que despista graciosamente para luego arremeter con la noticia poco feliz, aunque cierta. Los últimos estudios de orina y de sangre le dieron 9.7 de creatinina, 9.9 de ácido úrico, 176 de urea, el fósforo por las nubes. En fin, valores que dan cuenta de la necesidad que tiene su cuerpo por limpiar la sangre. Por suerte los médicos actuaron rápido: primero lo llamaron el martes catorce de diciembre para comunicarle el estado de urgencia, el jueves de esa misma semana se reunió con la nefróloga del centro que tiene convenio con su obra social, quien le contó la gravedad del asunto y los pasos a seguir. El lunes próximo le colocaron el catéter en el costado derecho de su cuello. Finalmente, el martes veintiuno de diciembre lo conectaron por primera vez a la máquina, su nuevo riñón artificial.

Ahora sale y camina con rectitud, todo lo defectuoso es su cuerpo lo compensa con un comportamiento intachable. Adonde va dice “buenos días”, “con permiso”, “gracias”. En el colectivo siempre cede el asiento y a las personas que piden dinero en la calle les entrega los billetes más caros. La gente lo observa con mayor atención, en especial los menores de edad que no entienden qué es ese bulto envuelto en gasas y cinta que trepa por el costado de su cara como una rama blanca. Hay quienes como él, retrucan su valentía ante las adversidades o, lo que es peor aún, necesitan caer en desgracias profundas para convertirse en el superhéroe que llevan dentro. La primera vez que Lindolfo se vio en el espejo ya con el acceso vascular incrustado justo debajo de su oreja, quedose un largo rato frente a su nuevo yo. De ese tiempo de meditación surgió el nombre de antena para el dispositivo y la idea de que su compañía ha de conferirle un poder extraordinario. 

Lo primero que hizo fue compararse con un axolotl, pero no superó más de treinta segundos bajo el agua sin respirar (para esta prueba sumergió parte de su cabeza en la pileta del baño, por órdenes de los médicos no debe ni puede mojar la antena). Luego fue por algo menos fantástico y pensó que podría apagar el enrutador de su casa y sin embargo captar alguna otra señal de Internet que estuviese flotando cerca suyo, mientras él estuviese en contacto con su teléfono celular o computadora. Pero no. Puso a prueba su memoria e intentó retener la poesía completa de Olga Orozco, libro que le había regalado su abuela para el cumpleaños y fracasó. Subió a la terraza con una pelota y quiso llegar a los dos mil jueguitos sin que se caiga, y nada, lo máximo que llegó a contar fueron dos docenas y media de toques, lo acostumbrado. Ni frustrado ni preocupado, volvió a su casa a tomar mate sabiendo que todavía es muy reciente; hay tiempo para seguir investigando. 

Acaba de sonar el timbre de su departamento, es Sergio el chofer de la ambulancia. Son las seis menos cuarto de la mañana y Lindolfo está muy bien vestido, hasta perfumado. Hoy es su sexta sesión. Por ley están cubiertos los tres traslados semanales de ida y vuelta a la clínica. Van hasta Parque Las Heras a buscar a Felipe que se mueve con la ayuda de un andador. Felipe y Sergio se conocen hace cinco años y charlan como si fuesen familia. La próxima parada es la casa de Isabel en calle Agüero. Igual que Felipe, Isabel ya está lista al momento de la llegada de la camioneta, paradita en la esquina con sus rulos negros, el bastón de tres patas, el barbijo, la máscara, y dos años encima de tratamiento. A diferencia de Lindolfo, sus compañeros se conectan a la máquina por medio de una fístula arteriovenosa en el brazo. Con el tiempo, la cantidad de pinchazos provoca la aparición de unas protuberancias en el lugar de las fístulas. Lindolfo nota que las de Felipe son más pequeñas que las de Isabel, a pesar del tiempo que cada uno lleva haciendo hemodiálisis. Y sabe además que más temprano que tarde va a tener el mismo acceso en el brazo, por lo que le pregunta a este último cómo hace para cuidar que no le salgan esas bolas feas. Felipe le contesta que lo mejor es no dejar de hacer ejercicio y ponerse hielo dos o tres veces por semana para así tensar el conducto sanguíneo de modo que no ceda y se hinche. En cada charla que mantiene con sus nuevos amigos y amigas trata de sacar información valiosa, aprender más de su enfermedad. A cambio él les comparte juventud, los acompaña al bajar de la ambulancia, les abre la puerta así pasan primero, aminora el tranco de sus pasos para que no haya diferencias y puedan seguir charlando amablemente del calor insoportable, de las pastillas para la picazón del cuerpo y la presión, de lo que van a comer al mediodía. 

En la recepción, como cada mañana, está Rosita con su ambo verde cumpliendo con la ceremonia de ingreso. Mientras toma la temperatura de los tres y rocía alcohol en las seis manos, le comenta a Felipe que la paciente que dializaba a su lado murió el fin de semana. Entonces él entiende por qué no le respondió el mensaje de felices fiestas. Desde la balanza donde los insuficientes renales se pesan previo a entrar al salón, se escucha el titubeo vociferante de las máquinas sedientas de sangre del primer turno. Pasado mañana es año nuevo y el equipo de trabajo se prepara para una larga jornada de dieciocho horas. Lindolfo trajo un budín de manzana, hay quienes traen empanadas y algunas bebidas para hacerles más ameno el día a las técnicas y técnicos que les conectan y desconectan con una calidez admirable. 

Lindolfo se sienta en su sillón como quien va a conducir en una carrera. La mayoría se lo toma más bien como un viaje de larga distancia y prefiere dormirse. Pero él no, quiere estar atento a cada movimiento, observador de cuanto suceda durante las cuatro horas. Para al momento de salir con la sangre purificada encontrarle un sabor diferente a la vida. 

En la habitación entran quince pacientes. La disposición es un gran círculo contra la pared así todos pueden verse las caras y hablar mutuamente. Cada uno dispone de un sillón reclinable y un riñón artificial parecido a esos aparatos en la calle de los que se puede recibir el café a cambio de unos pesos. En el medio hay una isla como un mueble de cocina que provee los insumos necesarios para llevar a cabo los empalmes y las curaciones de todos los días, más un escritorio donde se cargan los resultados en planillas. Al fondo del cuarto un ventanal ocupa todo el ancho, por donde se ven las copas de los árboles y una puerta abierta que ventila el espacio. Abunda el olor a esterilizantes. 

A él le gusta que lo conecte la técnica de brazos fuertes y manos firmes. Apenas un mechón de pelo y su mirada escapan al mameluco protocolar que evita infecciones y es suficiente entusiasmo para el recién ingresado Lindolfo. Cuando ve de cerca las manos de ella obrar sobre la antena, piensa que en otra vida podría haber sido jugadora de vóley o bajista en una banda de rock nacional. Todavía lo conmueve el procedimiento que lo une a la máquina, busca aprendérselo de memoria para encontrar fallas, llegado el caso. Con un papel la técnica le cubre mitad de la cara y la chomba para evitar, si algo salpica, mancharlo de rojo carmín. Cada roce entre los cuerpos, el suyo postrado y el de ella abalanzado sobre él, son como caricias para Lindolfo. Ella se pone los guantes de látex y desenvuelve el catéter. Lo rocía con mucho alcohol todo a lo largo, hasta el punto donde desaparece debajo de la piel y pasa una gasa limpia de arriba a abajo. Tres veces por semana el ardor y el contundente aroma a etanol, son la puerta de bienvenida a esta cabina de peaje inevitable en el camino de su vida, llena de agujas, heparina, vitamina B 12 y ácido fólico, bisturíes, catéteres, eritropoyetina, de la que a pesar de todo lo malo, algo bueno quiere llevarse. Alguna charlatanería se da entre él y ella que con las sesiones se vuelve más íntima. Una vez destapados los dos accesos de la antena, con unas jeringas ella saca y devuelve muestras de sangre para corroborar que todo fluya correctamente. Lindolfo siente el tirón y se entrega, no sin antes clavar sus ojos en los ojos de su técnica y sonreírle. Ya casi está por terminar, faltan conectar unas tubuladuras del calibre de un lápiz de escribir que hacen efectiva la unión paciente – máquina. Lindolfo no puede guardarse la inquietud y le pregunta con quién va a pasar año nuevo. A lo que ella le responde que va a pasarlo con amigas, en un tono que lo llena de esperanza. Para que el catéter no quede tirante, la técnica pega con cintas adhesivas en la cabecera del sillón las tiras por donde ya circula el tejido vital yendo a limpiarse. Apenas se aleja de él, lo observa como una pintura de su autoría. “¡Quedaste hermoso!”, le dice. Lindolfo en agradecimiento apoya sobre la bandeja, con los descartables que irán a la basura, un chocolate. 

Ya pasaron casi dos horas. Son pocos los que hablan, es el momento de mayor tranquilidad en la sala. Predominan el sonido de los televisores encendidos y las alarmas de las máquinas que suenan cada vez que notan algo raro en los cuerpos dializando. Se oye el ronquido de aquel que viene siempre con la camisa abierta hasta el pecho, pantalón de vestir y zapatos, que pesa ciento ocho kilos antes de la sesión y se va con ciento cuatro, que al catéter lo tiene entre la zona de abajo del pupo y el comienzo de la pierna izquierda, que todavía Lindolfo no se sabe el nombre. Dos sillones a su izquierda se escuchan unos maullidos, es Miguel, quien no soporta más quedarse en silencio y se convierte en gato. Enfrente, la chica que asiste a las sesiones repleta de bolsos pide para que bajen el aire acondicionado. El murmullo por lo bajo del equipo médico a cargo se corta en seco al ver entrar a la Directora. Hace un saludo general y comienza el recorrido uno por uno de los sillones y sus pacientes. A quienes siguen despiertos les pregunta cómo están, cómo se sienten. Hace algún seguimiento en particular, revisa las planillas, se mantiene al tanto y se retira. Felipe se puso sus auriculares, reclinó para atrás su sillón todo lo que pudo y se tapó con la manta hasta la cabeza.

Ahí pasa Rosita haciendo las veces de camarera. Trae un alfajor y té para cada uno. La máquina de Isabel hoy hace más ruido que de costumbre. Un técnico se acerca, soluciona el problema tocando unos botones de la pantalla, pero ni bien se retira y se sienta, la máquina vuelve a quejarse. Es posible que haya que desconectarla y pincharla de vuelta si sigue así. Lindolfo come mientras mira los goles de la liga española. Un zumbido lo desconcentra. Por el escaso rango de movimiento que tiene permitido, está obligado a ser muy preciso para matar al mosquito. En el primer intento consigue estallarlo con un aplauso. Una pizca de bermellón le ensucia ambas manos. Quiere volver a morder su desayuno y siente otro zumbido detrás de la oreja, cerca del catéter. Lo espera, esta vez más ansioso por lo sensible de la zona. El insecto volador lo recorre hasta llegar a su pecho, donde Lindolfo lo explota con la punta de los dedos de su mano izquierda y la palma de la otra. Como si lo hubiese acompañado a apoyarse sobre su derecha hasta aplastarlo fatalmente. Esta vez sin ruido para no molestar al resto. Sin embargo, a la mujer que se sienta justo delante de la puerta abierta que da al balcón, otro mosquito le pica en la frente y la saca del sosiego de sus ojos entrecerrados. A grito pelado pide que cierren la puerta. “¡Están entrando muchos mosquitos, doctora!”. Lo cual es cierto, recién ahora es notable la invasión. En el tiempo que alguien del equipo médico tarda en reaccionar y cerrar la puerta, un enjambre entra al cuarto de diálisis. Hay mosquitos por doquier. Los hay sobretodo posados sobre las largas tiras rojas intentando penetrar con sus picos chupadores de sangre el plástico. Otros atacan a las presas inmóviles. Son muy pocos los que aún duermen en este escenario. Como un rumor, la desesperación crece entre los pacientes que se defienden como pueden para no ser picados. Lo que resulta imposible dado la gran cantidad de zancudos que intentan saciar su sed. Las máquinas de diálisis advierten una suba de la presión arterial y al descalabro general suman sus bocinas insoportables. Al único que aún los mosquitos no fueron capaces de quitarle ni una gota de sangre es a Lindolfo, que se defiende con destreza ¡Es increíble cómo cierra el puño en el aire y mata de a pares! Acaba de matar a uno con los pies, pisándose un gemelo. Su técnica lo observa y felicita mientras socorre a otro enfermo que desesperado pide ayuda, cuya máquina chilla estrepitosamente. 

En el desorden se hace presente la Directora y manda a traer repelente. Rosita vuelve agitada con la malísima noticia de que no hay. Se le ordena que vaya a comprar, de inmediato. Ante la absurda situación y la evidente capacidad de Lindolfo para matarlos, a la Directora no le queda otra alternativa que ordenar su desconexión, y al equipo médico pedirle que se ponga a matar mosquitos como lo hace él. Algo superior al orgullo corre por dentro de Lindolfo. Sabe que si así, atado como está, mata a tantos, cuando pueda salirse del sillón va a liquidar el asunto. Su técnica preferida se le acerca como se acercan los mecánicos a los autos de F1 en los boxes y lo desconecta en tiempo récord. Antes de incorporarse le agradece su liberación dándole un beso en la mano vestida de látex blanco y al oído, en secreto, pronuncia unas breves palabras inaudibles. El vitoreo de sus compañeros de hemodiálisis hace de Lindolfo el mejor cazador de mosquitos que haya existido. Se mueve y aplaude por todo el salón con sobrados reflejos. Los estampa contra la pared, entre sus manos, contra los sillones, contras las máquinas, a veces incluso contra los cuerpos de la gente que le permite el sopapo como la bendición de un héroe. Con la venganza en la cara, los exprime hasta quebrarlos. Los mosquitos que quedan toman nota y se alejan. Pero él los acorrala contra las esquinas, que rápidamente se llenan de sangre. Rosita llega con una bolsa llena de aerosoles, los entrega a los médicos que empiezan a rociar a los más necesitados, y de inmediato se pone a limpiar la habitación de los cadáveres minúsculos que va dejando Lindolfo al pasar. Si bien tiene ayuda, solo a medida que él avanza se clarifica el aire de esas bolitas aladas que caen al piso súbitamente. En medio del éxtasis descubre que la antena funciona, lo cual es una enorme alegría, una motivación más.    

El último mosquito vivo está muy alto sobre la puerta que da al balcón y no llega. De espaldas al resto, siente la expectativa que genera este final mano a mano. Su faena no será completa hasta terminar con el último de estos chupadores de sangre. Se imagina los honores con que van a recibirlo la próxima sesión ¡Las caricias que le hará su técnica favorita luego de semejante hazaña! Lindolfo abre la puerta para moverlo. Busca con un pequeño salto terminar la cacería, su coronación. Sin embargo, el mosquito sale del salón de diálisis, está flaco y movedizo, se ve que llegó tarde y no pudo alimentarse. En señal de cuidado al resto, vuelve a cerrar la puerta tras de sí. El mosquito no baja de altura y Lindolfo no lo alcanza. Pega otro salto, casi lo agarra, apenas lo toca sin hacerle daño. Parece que el mosquito se va. Entonces Lindolfo salta otra vez con el agregado del envión que de la baranda se da para llegar más alto. 

Lindolfo cae a la calle. Los únicos órganos que se pueden rescatar, son sus corneas. Cuyos trasplantes servirán para mejorar la visión de más gente.

Para conocer más sobre el autor:

Poesía, cine y actualidad.

POSTEOS RELACIONADOS