
Narrativa: Silvia Appugliese
Dos preguntas
¿Qué te motiva a escribir?
Generalmente el puntapié es algo que me emociona, una situación, un diálogo, puede ser un paisaje, o algo que me parece contradictorio o disparatado. Me da ganas de buscar, con ese impulso, una historia. Seguramente sea una forma de compartir las impresiones, también conmigo misma, de resignificar, de buscar el lado b. Y de dejarme sorprender, también, porque las historias a veces parece que se fueran hilando solas, en todo caso pueden mostrar algo que soslayaste. Y compartirlo, leer y ser leída, qué curiosidad el otro, siempre.
¿Cuáles son tus referentes literarios?
Algunos autores que me marcaron también a la hora de escribir, Haroldo Conti, Raymond Carver, Kjell Askildsen, Juan Rulfo, Ernest Hemingway, Salinger, Clarice Lispector, Mary Oliver.
En el aeropuerto
Están sentadas en el café del aeropuerto. Del otro lado del vidrio, la explanada del estacionamiento, todavía de noche.
—¿Cuándo vas a dejar de fumar Mariana?
—Ya voy a dejar mamá —Mariana hace formas con el humo del cigarrillo. El reloj del café marca las siete y cinco.
La madre saca el portadocumentos, el pasaporte, el pasaje de avión y pone todo sobre la mesa. También las llaves de su casa en Caracas, un llavero con un sol y una ola.
—Creo que esta vez no me olvido nada —dice.
Mira la valija, el bolso de mano.
—¿No querés un tostado? Un tostado —hace señas.
—¿Para qué pedís tanto?
—Un tostadito nada más. ¿Y un licuado?
—No tengo hambre.
—Estás más flaca.
—Mamá, estoy igual que siempre.
—Estás trabajando y estudiando mucho.
Mariana mira el reloj de la confitería. Las siete y diez.
—¿Cómo te va en el CBC? ¿Cómo te va en el trabajo?
—Mamá ya hablamos. Tuvimos tres semanas para hablar.
—Sí, ya se. ¿Pero cómo te va en el trabajo?
—El trabajo va bien. Es un trabajo más.
—Ya sabés que si necesitás algo.
—Pero no necesito.
—¿Y el CBC?
—Está bueno.
—Volvés muy tarde.
—Termina tarde.
El vuelo 002 con destino Caracas está listo para abordar. A Mariana se le acelera el corazón, pero la madre habla:
—No es el mío —dice.
El mozo pone el tostado en la mesa. Seis triángulos, el queso chorreando. La madre separa uno y come, los labios pintados de rojo. Envuelve el resto en una servilleta.
—Te lo llevas y lo comés al mediodía.
Mariana lo guarda en la mochila. Mira el reloj. Las siete y dieciocho. Más allá la marquesina colgada en el vacío: el dibujo de una ciudad.
—Le llevo un vino de tu parte. ¿Un vino está bien?
—Sí, está bien.
—Uno rico, de Salta.
La mira a Mariana.
—Vos sabés que si vos estás mal.
—Pero no estoy mal.
—Es un tiempo más, el año que viene, o el otro, a lo sumo.
—Está bien mamá.
—Pero si vos no querés…
—Mamá, en serio, andá tranquila.
La madre mira el reloj.
—Todavía tenemos un rato.
Mariana levanta la mochila para buscar otro cigarrillo pero se arrepiente y deja la mochila donde está. Va a fumar en el regreso, con la ventanilla abierta del auto, en la ruta rodeada por árboles.
—Te voy a traer una cartera la próxima vez. ¿Querés?
—No hace falta, si no uso.
—Pero mirá esa mochila cómo está.
—Es una mochila.
—Está fea. ¿Qué querés, una de cuero?
—Mejor no gastes, para qué.
—Sino hay de esas tipo maletín.
—Ya te digo que no, mejor compramos juntas.
—Pero después no querés salir de compras.
—Me aburre.
—¿No te digo?
La madre hace una pausa.
—Sabés que podés venir vos también para allá, ¿no?
—Sí mamá.
—Podés venir cuando quieras. Sabés que a él también le va a encantar.
—Sí.
—Te preparé tu cuarto. Te compré ropa. También hay una televisión y un baño para vos.
—Un baño.
—Sí, con baño y todo. Y una ventana que da al morro. Se ve todo verde, como a vos te gusta.
—Pero si yo estoy acostumbrada al cemento mamá. ¿Qué veo desde el balcón de casa?
—Bueno, pero te gusta la montaña, todo eso.
—Sí, me gusta, de vacaciones me gusta.
—¿Entonces cuándo vas a venir?
—Tal vez el año que viene, si me dan unos días.
—Ahí está. ¿Por qué no pedís un mes?
—Porque no puedo.
—Te va a encantar.
—Seguro.
—En un abrir y cerrar de ojos ya es Navidad, y después vienen las vacaciones.
—Sí, pasa rápido.
La valija está al lado de la mesa, el chal rojo de la madre sobre el bolso de mano.
—Va a estar contento cuando te vea —dice Mariana.
—¿No estoy gorda?
—Estás re linda.
En la mesa de al lado se sienta una familia. Los nenes con zapatillas raras, camperas finitas, los mismos modelos pero de diferentes colores. Se levantan, van de un lado al otro de la mesa, del padre a la madre y de la madre al padre. Mariana reacciona y dejar de mirarlos. Se saca el tapado y trata de que no se vea la parte interna: todavía no mandó a coser el forro.
—¿Vas a comer bien? —le pregunta la madre.
—Voy a comer bien.
—¿Vas a dormir?
—Voy a dormir.
Las siete y veinte. Mariana mete la mano en el bolsillo del pantalón y alcanza a tocar la carta de la madre, en el viaje anterior también le dejo una.
—Voy al baño —dice. Acerca la valija a la madre y se aleja por el hall. En el baño despliega el papel, va abajo de todo donde dice vos sabés que yo siempre y cierra la carta. Se lava la cara, toma agua con las manos. Se queda un instante apoyada contra la pared del baño, mirando su imagen en el espejo. Después vuelve rápido a la mesa, por el altoparlante ya anuncian otro vuelo.
La madre está con la billetera en la mano y cuando llega Mariana se levanta para ir a pagar. Falta poco, dice. Mariana se queda en la mesa. Los tacos de mamá alejándose. Yendo por las mañanas a la cocina a preparar el desayuno. Y por las noches, cuando regresaba de trabajar, acercándose por el palier. Abre el portadocumentos que la madre dejó en la mesa y mira adentro, el pasaporte con la foto, el pasaje de avión. Agarra el pasaje y lo dobla una vez y otra más. La cara de la azafata cuando lo reciba, ese pasaje arrugado como si lo hubiera traído en el bolsillo, como un boleto de colectivo. Lo desdobla y lo devuelve al portadocumentos, al lado de la taza de café con leche que pidió la madre. Mariana pidió cortado. Mamá siempre café con leche. Siempre más mamá.
Escuchan el anuncio en el altoparlante y caminan abrazadas hacia el preembarque. Todo huele como tiene que oler. A marca. Ese perfume constante, quieto, en el aire acondicionado. La fila para abordar no es larga. La madre señala un lugar.
—Cuando eras chiquita veníamos acá a ver el despegue de los aviones.
Mariana mira la pared.
—Había una confitería, pero vos te levantabas de la mesa y pegabas la nariz contra el vidrio para mirar los aviones. ¿Te acordás?
En la puerta de embarque avanzaron los últimos y solo falta la madre. Mariana deja la valija en el suelo, el bolso de mano.
—Casi me lo quedo –dice.
Mamá la abraza.
—No me vas a hacer poner mal.
En el abrazo se mezclan el perfume de la madre, el olor al shampoo de las dos. Y después nada. La empleada que recibe el pasaje con una sonrisa. La madre que vuelve a saludarla otra vez. Que finalmente avanza al sector al que solo ella puede pasar, y empieza a subir las escaleras mecánicas, primero sale de vista la cabeza, se agacha y tira un beso, después salen el torso, las piernas. Lo último siempre son los tacos. Diez centímetros de tacos. Todavía se escuchan cuando ella no está.
Para conocer más sobre la autora:
Silvia Appugliese nació en Buenos Aires en 1976, creció en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en Hurlingham durante las vacaciones, en la casa de sus abuelos. Vivió dos años en Francia a los veinte y regresó para retomar la carrera de Ciencias de la Comunicación. A los 25 consiguió su primer empleo en comunicación. Varios años más tarde fue mamá. Participó de los talleres de escritura de Pablo Ramos, Inés Garland y Liliana Heker. También formó parte de un taller autogestivo de escritura, el Taller de las Papas, y de dos espacios de traducción colectiva de poemarios en francés, nacidos en el Lenguas Vivas. Obtuvo dos menciones en el Premio Municipal de Literatura Manuel Mujica Láinez y, junto con el espacio de traducción, fueron felices finalistas en el Premio Paula de Roma de la Universidad de Córdoba. En 2025 publicó, junto con compañeros.as, la antología colectiva Un gato negro entre las copas y su primer libro de cuentos, El pan de las palomas.
Poesía, cine y actualidad.


