La poesía de Robin Myers

Robin Myers Andrea Marone

Por Andrea Marone

La singularidad construye poética en Centro de Robin Myers

Centro, el cuarto libro de Robin Myers, publicado por Zindo y Gafuri (2026) es un poemario conformado por una serie de textos en prosa que, como cuchicheos, como anécdotas que se cuentan sobre la propia vida y con el despojo de la oralidad; testimonian a la manera de un diario, de una serie de anotaciones, experiencias singulares. La anécdota se ensancha, cobra espesor, no asistimos al devenir monocorde del cotidiano sino a la intimidad que encuentra una trascendencia o una excusa para el humor y la reflexión: “Compramos una planta de mi altura en el vivero de la esquina para el departamento que planeábamos dejar”.

El traductor del libro, Daniel Lipara, afronta la difícil tarea de desambiguar, al traducir al español, las expresiones del anglosajón, idioma que cuenta con mayor economía sintáctica. Por ejemplo, en el poema “Amigo”, leemos en inglés: “Drifted, then dead”, acertadamente traducido “Hizo la suya, y se murió”. No obstante, a pesar de esa dificultad, el resultado de la totalidad del libro es sobresaliente, sobre todo en los momentos de traducir imágenes como “juntando esquejes de canciones”, “Las letras larguiruchas y elegantes como arañas en baile de salón” o “era una hilera de hormigas que cargaba tajadas de jacaranda”. En definitiva, la posibilidad de leer los poemas en ambos idiomas, gracias a la decisión editorial, enriquece la experiencia.

El hallazgo del libro es la singularidad de una vida en donde conviven paisajes múltiples: un congreso de poesía, Alaska, un bar en penumbras, la casa propia, la casa anterior, un consultorio de acupuntura, los cerros de siete colores. Estos artefactos verbales acompañan la playlist de una identidad en la que el primer amor, el último, un amigo muerto, el hogar, la poesía y la migración suenan a coro: “Pasé papel de lija por los pliegues de mi habla y la cubrí de polvo y le planté semillas y le apreté la pulpa con la punta de los dedos para sorberla como lo haría cualquiera”.

Por otro lado, existe un deseo de construir desde el lenguaje una fragmentariedad que no busca abarcarlo todo, ni dar explicaciones, sino ofrecer hilos desde donde el lector irá tirando para jugar a reponer la escena: “Yo tuve un roomie que, tres veces por semana, pagaba a alguien que hiciera la limpieza del departamento donde no estaba nunca”. En ese sentido, el recurso técnico recuerda a la prosa poética de Anne Carson en, por ejemplo, La belleza del marido. Myers está en diálogo directo con esta tradición de la poesía norteamericana que cuenta sin contar, que construye una suerte de huella de la experiencia sin redundancias y sin el tono trágico o melancólico de la poesía confesional. 

En cuanto a la temática, este libro se pregunta por la identidad: “Hay días furtivos en que yo quisiera poder saber qué no podría no extrañar, si yo pudiera no acordarme de por qué me fui”. También extiende esos devaneos sobre el mito de origen o sobre la necesidad de honrar a los antepasados a cómo trasladar estos temas trascendentes en el cotidiano, cómo habitar una casa y cómo son las costumbres de un cuerpo.

Sin ser condescendiente con el lector, sin dar demasiadas explicaciones, sin buscar la universalidad (y sin embargo, encontrándola), este poemario de una belleza lingüística muy particular marca un camino posible y bien acertado, de la poesía contemporánea. Jugar con el género discursivo, dejar de lado las indulgencias y contar la intimidad sin exagerar pero sin simplificar, tampoco, la complejidad; nos dejará pensando no solo en el lenguaje, sino en el desarraigo, en el afecto, en la amistad y en cómo vamos articulando desde la imposibilidad nuestro necesario deseo de construir una vida: “El camino más largo es el más eficaz, dice un poema que guardo en el zapato.”

Dos poemas de Robin Myers

Voz poética

Lo que no le gusta de la poesía es la voz, dice el novelista
entrevistado, la voz que ponen los poetas, demasiado presente.
Coincido. Demasiado presente. Le derrapan las ruedas, tiene las
manos transpiradas, es el vibrato que lo caracteriza. Me la baja. A
mi también me desagrada. Ajá, eso decía ella. Yo no quería esta
voz, ni este pelo tampoco, por ejemplo. Pero acá estamos. Si
tuviera la paciencia y los ojos, me pasaría el día escrudiñando el
brillo recién nacido de una hojita que se abre de la nervadura de su
compañera, lista para dejar constancia del despegue oficial de su
diégesis despersonalizada. Pero aprendí a aferrarme a estas cosas.
Manos que pueden agarrar, ojos que pueden dilatarse, pelos que
se erizan si hace falta.

Buena

Había un momento un mantra que decía así. No sos menos
capaz de lastimar que de ser lastimada. No sos menos capaz de
curar que de ser curada. Vos, por supuesto, no te lo creíste. Y lo del
daño, menos. Día tras día, hundías los tobillos en tus intenciones
más decentes como en los arroyitos que deja la marea. No tenés
que ser buena, dice un verso. Pero tuviste que. Tuviste, y querías
serlo y querías serlo. Aún así, miraste de reojo. Aún así, te aferraste,
estrujaste, guareciste, rehusaste y cuchareaste sopas cancerígenas
es una olla prestada. Aún así dobló de golpe tu deseo. No sos
menos capaz de lastimar que de ser lastimada. No sos menos
capaz de curar que de ser curada. El agua, deslumbrante, se
enroscó despacito entre tus pies.

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Poesía, cine y actualidad.

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