
Las imágenes que sostienen el mundo: sobre Almagro de Beatriz Vignoli
Por Stefano Branca
Cuando Almagro apareció en el año 2000, publicado por la Editorial Municipal de Rosario, Beatriz Vignoli ya tenía detrás de sí una producción temprana, casi secreta, hecha de cuadernos escolares, ediciones artesanales y una sensibilidad en formación. Sin embargo, fue Almagro —libro que obtuvo una mención especial en el Concurso Municipal Felipe Aldana— el que inauguró formalmente su ingreso en la escena poética argentina contemporánea. Allí se delineaba, con nitidez, una voz capaz de mirar la ciudad desde adentro y de percibir lo cotidiano como una serie de restos luminosos fijados en la superficie de las cosas.
La biografía pública de Vignoli —poeta, narradora, traductora y crítica de arte nacida en Rosario en 1965— permite situar Almagro como el punto de arranque de un proyecto estético más amplio, donde la imagen funciona tanto como núcleo como desvío. Su obra posterior confirma lo que este primer libro apenas insinuaba: un arte de la mirada que confía en la capacidad de los objetos, los reflejos, las estaciones y los fragmentos urbanos para convertirse en vectores de memoria. La nota editorial que acompañó la publicación citaba versos del poema “Silencio”, en los que Vignoli escribe con “el color acumulado de toda la memoria”. Esa memoria no se despliega como relato lineal ni como evocación nostálgica: opera como pigmento, como capa de sentido adherida a la materialidad del mundo.
Uno de los ejes formales que definen Almagro es su organización en “fotogramas”. Los poemas no narran: encuadran. Cada texto funciona como un plano breve, una escena recortada cuyo espesor emocional se sostiene en una imagen precisa. Esta concepción visual de la poesía dialoga con la idea de Walter Benjamin de que la modernidad se comprende mejor a partir de sus “imágenes dialécticas”: condensaciones en las que la historia, la percepción y el instante colisionan. Del mismo modo, en Vignoli, lo mínimo —un vidrio empañado, una luz que cae sobre el piso, un jacarandá que “llueve lila”— contiene una fuerza que trasciende lo descriptivo: configura una forma de conocimiento.
La ciudad que recorre Almagro no es la postal turística ni la abstracción sociológica: es una ciudad percibida en fragmentos. En este sentido, la autora trama una semiótica afectiva de las superficies. Un bar, una estación, un objeto doméstico pueden volverse, sin transición, depósitos de una memoria corporal o detonantes de un sobresalto emocional. Como señaló la crítica en una reseña publicada en Infobae Cultura (2022), la poesía de Vignoli “aúna en su brevedad lo celestial y lo pedestre”, una descripción que captura con precisión cómo los objetos corrientes se cargan de una energía que no se explica, sino que irradia. Esta tensión se acerca a la noción barthesiana del punctum: el detalle que interrumpe la neutralidad de la imagen y hiere dulcemente la mirada. En Vignoli, ese punctum emerge siempre desde lo cotidiano.
Frente a la tradición objetivista que tiende a la despersonalización, Almagro construye una zona intermedia donde la mirada es tan importante como aquello que se mira. Vignoli acepta el mundo material —el detalle, lo visible, la textura concreta de las cosas— pero no renuncia a la subjetividad: su primera persona no se diluye, pulsa. En lugar de borrar la emoción para alcanzar una supuesta pureza descriptiva, la poeta permite que la voz tiemble, que se desestabilice, que se ensucie de vida. En esta tensión entre objetividad y subjetividad se abre un campo que recuerda la noción derrideana de la huella: aquello que no equivale al pasado en sí, pero lo hace insistir en el presente, vibrando en los bordes del lenguaje.

La acumulación de imágenes en Almagro no constituye un catálogo neutro: configura un archivo emocional. Este archivo, sin embargo, no se organiza como memoria fija sino como un sistema vivo y en constante reactivación. Marianne Hirsch denominaría a esta dinámica “posmemoria”: la transmisión afectiva de aquello que no se recuerda directamente, pero que retorna por medio de gestos, objetos o percepciones. Vignoli escribe precisamente en ese umbral donde lo vivido deja huellas materiales que son, a la vez, restos y señales.
El procedimiento formal del libro —su avance por cortes, interrupciones y saltos— produce una lectura que funciona como montaje. Las imágenes se suceden de manera discontinua, y el sentido emerge del intervalo, de la zona de silencio entre un plano y el siguiente. Georges Didi-Huberman sostiene que la imagen es siempre un “entre”: lo que se muestra y lo que escapa. Almagro se funda en esa lógica. No explica: sugiere. No reconstruye un pasado perdido: ofrece fragmentos donde el tiempo ha dejado marcas imperceptibles.
La resonancia de Almagro hoy es inseparable de su historia editorial posterior. En 2019, la editorial independiente Nebliplateada reeditó Almagro junto con Ítaca en un solo volumen, una decisión que permitió devolver el libro a circulación y, al mismo tiempo, contextualizarlo en un diálogo temprano dentro de la propia obra de Vignoli. Más recientemente, en 2022, la misma editorial publicó su poesía reunida, un volumen expansivo que incorpora no sólo los libros previos sino también manuscritos, collages, fotografías y materiales visuales. Este conjunto permite entender Almagro no como un libro aislado, sino como la pieza inaugural de un archivo vivo que crece, se reescribe y se reconfigura con el tiempo.
A la luz de la poesía argentina contemporánea, Almagro adquiere una relevancia singular. En un panorama donde muchas poéticas trabajan lo identitario, lo político o lo autobiográfico explícito, Vignoli propone una ética distinta: una poética del detalle y de la concentración, capaz de inscribir en lo mínimo la densidad de una época. Su insistencia en el fragmento es también una forma de resistencia: defender la mirada como forma de conocimiento, reivindicar la intimidad como espacio político, recuperar la ciudad no como escenario sino como territorio afectivo.
Quizás por eso Almagro continúa siendo un libro vivo. No porque explique un momento biográfico, sino porque abre un modo de leer el mundo. En sus poemas, la imagen no es ornamento: es estructura, respiración, método. Cada fotograma sostiene la posibilidad de una epifanía mínima, de un temblor secreto que sobrevive a la vorágine. Allí, en el brillo de un objeto cualquiera, en el lila que cae de un árbol, en la sombra que se desplaza sobre una pared, la poesía de Vignoli encuentra su verdad: lo visible como memoria, lo cotidiano como revelación.
Almagro enseña, finalmente, a mirar. A mirar de cerca, de manera paciente, amorosa y consciente. Ese gesto —estético, ético y político— recuerda que la poesía puede ser, todavía, un modo de registrar lo que el tiempo intenta borrar: un arte de sostener el mundo en la fragilidad de una imagen.
Bibliografía
Aguirre, D. (2022, 19 de abril). Cromañón, Malvinas, el 2001 y el dolor del alma en la obra completa
de Beatriz Vignoli, una poeta argentina extraordinaria. Infobae Cultura.
https://www.infobae.com/leamos/2022/04/19/cromanon-malvinas-el-2001-y-el-dolor-del-alma-en-la-o
bra-completa-de-beatriz-vignoli-una-poeta-argentina-extraordinaria/
Barthes, R. (1990). La cámara lúcida. Barcelona: Paidós. (Obra original publicada en 1980).
Benjamin, W. (2005). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En Discursos
interrumpidos I. Madrid: Taurus. (Obra original publicada en 1936).
Derrida, J. (1995). Mal de archivo. Madrid: Trotta.
Didi-Huberman, G. (2004). Imágenes pese a todo. Barcelona: Paidós.
Hirsch, M. (2012). The Generation of Postmemory: Writing and Visual Culture After the Holocaust.
New York: Columbia University Press.
Vignoli, B. (2000). Almagro. Rosario: Editorial Municipal de Rosario.
Vignoli, B. (2019). Almagro / Ítaca. Rosario: Nebliplateada.
Vignoli, B. (2022). Poesía reunida. Rosario: Nebliplateada.
Para conocer más sobre Stefano Branca:

Stefano Branca (2002, Buenos Aires). Estudiante de Bibliotecología en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeñó como bibliotecario en la Biblioteca populares y coordinó talleres literarios, entre ellos uno sobre literatura queer latinoamericana y otro de poesía argentina en los “margenes”, además de ciclos de poesía en espacios culturales de la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. Coordina el ciclo de entrevistas “Voces Independientes” como proyecto de investigación e investiga sobre editoriales independientes argentinas. Su primer libro, Este lugar era un cuerpo, se publicará en 2025.
Poesía, cine y actualidad.


