Yamil Dora: La Africanita

Yamil Dora

Yamil Dora: La Africanita

La editorial del mes en Salvaje Federal

Unas consideraciones antes de leer la nota “Yamil Dora: La Africanita”.

Salvaje Federal es más que una librería: es un proyecto de intervención cultural cuyo objetivo es difundir la literatura escrita y editada en las distintas provincias de nuestro país, favoreciendo de este modo su circulación y acceso. Desde ese lugar, cada mes anuncian una editorial a la que buscan darle particular relevancia. Para agosto, desde la dirección del proyecto (a cargo de Selva Almada, Raquel Tejerina y Natalia Peroni) eligieron a CR Ediciones, proyecto editorial radicado en la ciudad de Rosario y que publicó el libro que hoy nos convoca.

La Africanita: Un lugar al que la memoria no puede volver

Salvaje Federal es más que una librería: es un proyecto de intervención cultural cuyo objetivo es difundir la literatura escrita y editada en las distintas provincias de nuestro país, favoreciendo de este modo su circulación y acceso. Desde ese lugar, cada mes anuncian una editorial a la que buscan darle particular relevancia. Para agosto, desde la dirección del proyecto (a cargo de Selva Almada, Raquel Tejerina y Natalia Peroni) eligieron a CR Ediciones, proyecto editorial radicado en la ciudad de Rosario.

Uno de los libros publicados por CR Ediciones es La Africanita, de Yamil Dora. El libro está compuesto por una serie de relatos en los que el narrador reconstruye algunos episodios vinculados con el cabaret que su padre tuvo cuando él era niño y que llevaba el mismo nombre que el libro. Es la memoria de ese niño la que se pone en juego, pero desde una distancia temporal que vuelve al recuerdo un territorio de reconstrucción. La distancia entre el narrador y su infancia se atenúa en la evocación. En este sentido, no olvidamos que Yamil es un poeta y que como diría Sylvester acerca del ejercicio poético “no escribimos para recordar, sino para pasar de nuevo por algún sitio”. 

Leandro Llul sostiene que “esta novela propone un juego con el género testimonial, donde veracidad y cronología se ven sutilmente afectadas”. Se trata de un juego en el que aquello que durante la infancia no podía ser nombrado comienza a adquirir un nombre y, con él, un reconocimiento. Ese proceso está atravesado por una emoción que tampoco termina de clarificarse. A veces pareciera hablar el narrador adulto; en otras oportunidades, es el niño quien vuelve a ocupar la centralidad del relato. Una mirada tierna como línea recta conectando, a la vez, dos subjetividades dentro del mismo sujeto. Es ese el desdoblamiento que consigue Dora en la novela.

En este libro la belleza es un horror porque en igual medida se extiende la ternura y también una violencia demasiado sutil que radica en no dar palabras a quien no tiene palabras. Todo está contado con una enorme sencillez, sin estridencias ni tonos elevados. El lector puede sonreír frente al libro, y apenas unas páginas después, sentirse incómodo o incluso absolutamente indignado.

La Africanita posee una genuinidad absoluta. Y entonces aparece una pregunta: ¿Cómo puede una ficción conducirnos hacia cierta sensación de verdad? Tal vez la respuesta esté, justamente, en su carácter ficcional. En este libro aparecen la historia y, al mismo tiempo, la forma precisa (que reclamaba Abelardo Castillo): la literatura, el pensamiento literario, permite alumbrar nuevas formas lingüísticas para el tratamiento de esos pensamientos. Sólo entonces satisface y hace cierta su potencia estética. Sólo entonces, la expresión del dolor queda fuera de la anécdota volviéndose literatura.

Yamil Dora construye un artefacto vertiginoso, díscolo. Clarice Lispector escribió: “Voy a crear la historia que me sucedió”. Entre el narrador y sus recuerdos se juega la pérdida de aquello que, por distante, se vuelve cada vez menos nítido. En algún punto, el narrador reconstruye los elementos de la realidad a través de la ficción, y tal vez esa sea la única (y también la mejor) manera de reconstruir lo perdido.

Estamos, entonces, frente a un libro en el que la ficción roza lo autobiográfico  y construye un artefacto estético de enorme potencia. No se trata de reconstruir una historia familiar en términos documentales, sino de volver sobre aquello que esa experiencia produjo en quien la vivió. En una entrevista con el diario La Capital, el autor se refiere de este modo al origen del libro:

“La Africanita fue un cabaret que tuvo mi papá cuando yo era niño. En el libro no cuento esa historia, porque no la conozco y no me interesa saberla. Lo que hice fue indagar en lo que me pasaba en ese momento, cuando era el hijo del dueño del cabaret mientras los padres de mis amigos tenían trabajos o profesiones normales y cómo con el tiempo me fui dando cuenta de que no existen trabajos ni familias normales”.

La declaración de Dora ilumina la lectura. Estamos frente a un texto sin pretensiones de reconstrucción documental, que puede leerse como la larga expresión del silencio. Sí: La Africanita era el cabaret que tenía el padre de Dora y que se convierte en el lugar a partir del cual giran los acontecimientos de esta novela. Pero el cabaret es, fundamentalmente, el punto desde el cual el narrador vuelve sobre la experiencia de haber sido un niño cuyo padre tenía un trabajo que escapaba de aquello que, para los otros niños, parecía ser la normalidad. Este último es el leitmotiv del texto.

Estamos frente a uno de esos libros que deben mantenerse presentes porque iluminan una zona de la vida que va más allá del bien y del mal. El ejercicio estético permite entrar en esta historia de un modo total: no para juzgar aquello que ocurrió, ni para explicarlo, sino para volver a atravesarlo. Tal vez ahí radique la potencia de La Africanita: en hacer de la ficción un modo de regresar a un lugar al que la memoria, por sí sola, ya no puede volver.

Podemos leer algo de todo lo mencionado en el siguiente Fragmento de La Africanita. Es el cuarto capítulo (página 14 del libro):

Mi papá iba todos los meses a la Iglesia de San Nicolás. A veces yo lo acompañaba porque después de la misa íbamos a comer pescado a una parrilla cerca del río. En los alrededores de la Iglesia había santerías donde vendían desde bidones de agua bendita hasta esculturas gigantes de la Virgen. Mi papá compraba dos bidones de agua, uno para mi casa y otro para el negocio. Íbamos a la mañana, almorzábamos y nos volvíamos rápido porque mi papá a las cinco abría el cabaret. Una vez volvimos un poco más tarde y lo acompañé a abrirlo antes de que me llevara a mi casa. Sus empleadas lo estaban esperando en la puerta y cuando las vi lo primero que pensé fue para qué se confiesa mi papá si apenas sale de la Iglesia ya está pecando. Lo segundo que pensé fue que hermosas son las empleadas que tiene.

En la escena se condensa buena parte de la operación que realiza Dora. El niño no interpreta el mundo desde las categorías adultas, sino, por el contrario, su inocencia lo guía hacia un entendimiento que no es moral, que no está cargado todavía de prejuicios. En esta mirada la memoria encuentra sus límites y la literatura sus posibilidades.

Para conocer más sobre el autor:

Podés conseguir La Africanita en la tienda de Salvaje Federal.

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