Un cuento de Paula Prengler

Paula Prengler

Narrativa: Paula Prengler

Por Adrián Magrini

Dos preguntas

¿Qué te motiva a escribir?

En primer lugar, la lectura. Una lectura total, y algo salvaje, una experiencia vital y feliz que comienza en mi infancia, donde mezclaba los libros de la biblioteca de mis padres (escritores universales, escritores argentinos, los del boom latinoamericano), con las enciclopedias, las revistas infantiles de historietas y los comics. El amor por el cine devino en estudios de guion cinematográfico, que fue mi primer acercamiento a la escritura. Años más tarde, en la Patagonia, me lancé a escribir mi primera novela,” El pez globo,” con ribetes algo cinematográficos. Esa experiencia me llevó al taller literario de Liliana Heker, que encauzó y dio forma a mi escritura.

¿Quiénes son tus referentes?

Mis referentes son muchos y variados, como dije antes, pero me impresionó, como escritora, “Rojo y Negro”, una edición que incluía las notas de Stendhal. Fue la primera vez que pude ver, en esas notas, lo que implicaba el trabajo de escritor, el oficio de la ficción. Cortázar, Borges, Hernández, Alfonsina Storni son mis bastiones de la argentinidad. Más cerca, y entre muchos otros, Pauls, Almada, Aira, los libros de mis compañeros de taller y Liliana Heker, cuyas novelas y cuentos me llevaron del otro lado del espejo . 

Como un arroyo inglés

Me despierto con el sonido de cañas secas que golpean unas con otras. 

Clac, toc, toc, toc.

 Estiro mi brazo, Iván no está en la cama. El madrugón y la resaca del año nuevo hacen que mis pensamientos vaguen en la luz gelatinosa de la mañana. Cierro los ojos. Me tapo la cabeza con la almohada, trato de volver a dormir.

Toc-clac-clac-toc

Las cañas, los caballos. Los caballos entre las cañas, pienso, el sonido que hacen las cañas al chocarse cuando los caballos pasan por el cañaveral que está frente a la habitación. Escucho los relinchos que se alejan seguidos por los ladridos de los perros.

Narrativa de Paula Prengler

Debe ser muy temprano. Si me despierto, si salgo de esta cama, me espera un primero de enero mal dormido y pegajoso. Hundo la cabeza en la almohada, no hay caso. Me levanto atontada, voy al baño, me asomo al living. Llamo a Iván, nada. Vuelvo a la cama. Hace calor, las sábanas están húmedas, la almohada está empapada, con olor a río. 

Doy vueltas en la cama. Me arrepiento de no haber traído la valeriana, o algo, alguna pastilla. Me arrepiento de haber venido sola al campo a pasar el año nuevo. Iván se pasó toda la cena esperando el mensaje de sus hijos, un llamado que no llegó. Mientras él tomaba vino y se endurecía con el silencio de su celular, yo respondía una catarata de llamados y mensajes con saludos y festejos que no paraban de sonar. Para la medianoche los dos habíamos tomado mucho, demasiado. A las doce nos besamos, bailamos, abrimos una botella de champagne y lo servimos en vasos de vidrio grueso. Descorchamos una botella más y salimos a caminar abrazados a la noche oscura del campo. Los fuegos artificiales que venían del pueblo tronaban e iluminaban el cielo. Iván metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un revólver plateado.

nota de Adrián magrini

Me lo quedé mirando helada, conteniendo el aire.

– ¿Qué hacés? -le pregunté.

-Siempre la llevo, acá hay bichos que salen de noche- dijo, muy tranquilo.

Apuntó al cielo y disparó. Di un paso atrás, me tapé los oídos, el ruido me aturdió.

-Feliz año nuevo-dijo, me acercó a su cuerpo, me dio un beso, me abrazó fuerte. Sentí el frío del arma apoyada en mi espalda.

-Sacá eso-le dije.

 Él me soltó.

– ¿Querés probar? -dijo y me presentó el arma por la culata.

-No, ¿cómo se te ocurre?

 Él me imitó, se rió. Nos reímos juntos. Volvió a tirar otro tiro al aire, esta vez, los dos gritamos. Él gritó y no podía parar, lo tuve que callar con un beso. 

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 Yo iluminaba el camino de tierra con el celular que era un collar de sonidos. Mientras seguía a Iván, zigzagueando, tratando de no caer en los pastos altos, contesté al llamado de mi hija, una video llamada. La vi vestida de blanco, al lado de una piscina, con cara de embole. Traté de hablar con ella sin que se note que tomé de más y corté rápido la llamada para no incomodar a Iván. Él se adelantó por el camino, se sacó las alpargatas y caminó descalzo hasta llegar a unos árboles que bordeaban la orilla del arroyo. Subió al muelle de madera, se sacó la ropa y se metió en el agua oscura que reflejaba la luz de un farol.

-Esperame-dije. Me saqué las sandalias y caminé lo mejor que pude hasta el muelle. Me saqué el vestido, lo dejé colgado en la baranda, dejé la botella y el celular apoyados sobre los tablones y me metí en el agua terrosa, fría. El arroyo parecía tranquilo. No tuve que nadar, me dejé llevar por la corriente hasta que él me atajó y me abrazó a su cuerpo.

Cuento Paula Prengler

Toc toc tac toc.

Debo haber dormido profundo por unos minutos. Las cañas suenan con menos fuerza. Los relinchos ahora llegan lejanos, mezclados con el piar de los pájaros, desde el frente de la casa.

Me levanto, recorro con mis manos las sábanas arrugadas. La almohada del lado de Iván está seca. La ropa de él no está en la silla. No me acuerdo como llegué, si volvimos juntos cuando salimos del arroyo, no me acuerdo de nada.

Abro las cortinas de la habitación, busco algo qué ponerme. Mi vestido está tirado en el piso, mojado. Busco las calzas en el bolso, me pongo una remera, las zapatillas y voy al living. Todo el espacio está iluminado por la luz de la mañana, es un ambiente grande, desprovisto. Hay un sillón, una televisión, mesa, sillas y una biblioteca con un par de estantes con libros idénticos. Me acerco, son ejemplares de una colección: “Grandes autores de hoy y de siempre”, de tapas color bordó y letras doradas. Saco uno, “Las olas”, de Virginia Woolf. El libro cruje cuando lo abro, las hojas pegadas se separan, nadie lo leyó, lo vuelvo a poner en su lugar. Abro el ventanal, me asomo a la galería, Iván no está ahí. Algunos caballos están pastando en el parque, comiendo las plantas y las flores del cantero que está frente a la casa. Voy a la cocina. El mate está sobre la mesa. Lo toco, está frío, pongo agua a calentar.

Nueva narrativa argentina

– ¿Dónde dejé el celular? – digo en voz alta, total estoy sola, como en casa.

Voy a la habitación, el celular no está. 

Vuelvo a la cocina, preparo y me sirvo un mate, después otro. Ni noticias de Iván. Abro la puerta y salgo. Los caballos me miraron alarmados, algunos relinchan, se alejan.

Hay varias huellas marcadas que salen de la casa y un camino de autos. No me acuerdo cuál tomamos para ir al arroyo.

-Iván-grito varias veces.

Nada, solo las chicharras y el piar de los pájaros, los perros que ladran a lo lejos. Decido ir por el camino de la derecha, el del pasto reseco. El sol ya está alto, el calor pica.

Camino hacia una hilera de árboles y vegetación mirando bien dónde piso. Iván me dijo que con el calor salen las culebras, que podía haber alguna yarará cambiando la piel. Cada tanto, desde el pueblo, se escuchan algunos cohetes que prolongan el festejo del nuevo año. 

Mientras avanzo, pienso: no me siento festiva, ya estoy media harta de todo, tengo ganas de estar en casa, de encontrarme con mi hija, con mis amigas, de estar cómoda, comiendo las sobras de la cena, planeando algún encuentro con Carli para la tarde.

Literatura argentina

-No, no, estoy bien, estoy bien-me digo, como murmurando- está bien así, venir al campo, hacer algo distinto, está bueno.

-Iván-vuelvo a gritar.

Sigo caminando. Tengo ganas de llamar a Carli, de contarle todo. Todo no, o sea, lo de las ganas de irme a la mierda de acá, no. Todo lo lindo, todo lo que estuvo bien, contarle eso nada más, no le quiero cortar ni la ilusión ni la envidia. Me paro y miro alrededor. Hay una hilera arbolada, que corta la llanura del pastizal seco, me parece que es la que bordea la costa del arroyo. Acelero el paso, con cuidado de no pisar ningún bicho. Veo los palos del muelle entre la vegetación, voy hacia allá. La luz del sol titila en el agua marrón del arroyo. Algunos camalotes flotan en el cauce angosto. Busco el celular entre las maderas grises. A la luz del día el muelle se ve destartalado, la escalera tiene varios escalones rotos, medio podridos, cubiertos de verdín, que se hunden en el agua. 

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 Salgo del muelle y busco por los costados entre las cortaderas y el barro que deja la bajante. Hay huellas de bichos.

Si me encuentro con un carpincho, me muero, pienso. Entre los pilares, clavados en la tierra y el lodo, está la remera de Iván. Me saco las zapatillas embarradas y las tiro hacia la orilla seca. Descalza, me voy hacia el otro lado del muelle. De la noche anterior me viene el recuerdo el frío del agua, el miedo a que me lleve la corriente, la tibieza que sentí al abrazar el cuerpo de Ivan, la sensación de seguridad, las manos de él acariciando mi pelo empapado, el placer de sentirme suspendida en el agua fría sintiendo su piel tibia, de estar fuera del mundo, fuera del tiempo. 

Salgo del barro de la orilla y subo al muelle, me siento en los escalones altos, miro el agua y los camalotes. 

– ¿Dónde se metió, por qué los tipos hacen lo que se les canta y no avisan? -, pienso. Me levanto y busco la remera de Iván. El revolver no está, tampoco está su celular.

– ¿Le habrá pasado algo? – pienso- ¿Y si no salió del agua? ¿Y si se pegó un tiro?

En el agua oscura los camalotes se mueven, flotan lentos con la corriente.

Prengler paula

Nadie sabe dónde estoy. Ni yo sé dónde estoy, no sé cómo ir al pueblo, no sé si consigo un remise un primero de enero, sin celular no tengo cómo pedir que me pasen a buscar. También, pienso, puedo quedarme acá todo el día, sola, tranquila, sin nada que hacer, sin mandar mensajes, sin recibirlos, sin entrar en las redes, sin escuchar música, sin nada que fumar, sin nadie con quién hablar.

-Me mato-pienso 

Sacudo la cabeza.

 -Siempre negativa-digo en voz alta-, mirá que lindo que es esto.

Me siento de nuevo en los peldaños del muelle. Los camalotes ya están casi fuera de mi vista, por el agua se acercan otros que flotan entretejidos como racimos de hojas carnosas, verdes. Se escuchan las chicharras, algunos pájaros, el silencio lleno del campo, nada más. 

Hace calor. Me tendría que haber puesto una bikini, pienso. Estiro la mano hasta tocar el agua, me mojo el pelo. Lo que quiero es dejar de pensar, tengo que vivir el momento, vine a este lugar a desconectar, a compartir con Iván, a tomar aire, a dejar de leer, de ver películas y series, de consumir podcasts. Cuando Iván me invitó, no estaba segura de aceptar, casi no lo conozco, pero Carli y mi hija me taladraron con que sería un año nuevo distinto, “soñado”, que me iba a hacer bien la experiencia. Y al final estoy sola, pienso, cagándome de calor, rodeada de víboras despellejadas y con un tipo armado, que puede matarme, o matarse, y.

Basta.

El arroyo no es muy ancho, pero es profundo. Me pregunto como hizo Virginia Woolf para ahogarse en un arroyo inglés, si son apenas un hilo de agua. Las ganas que tendría de morirse, pienso.

 Sacudo la cabeza.

 Basta, no tengo que pensar en eso.

Bajo algunos escalones, con cuidado de no clavarme con las tablas rotas. Al final de la escalera, ya sobre el arroyo, faltan algunos peldaños.

Como un arroyo inglés

Estiro la pierna, meto el pie en el agua y veo como se divide la corriente. El agua está fresca. Me agacho para tocarla, bajo un poco más, salteando el espacio de una tabla perdida, piso un peldaño medio hundido, me resbalo con el verdín, caigo en el agua, siento un corte en la pierna, como un rasguño profundo. Agarro la punta de la baranda, me quedo colgada, media sumergida en el arroyo, no hago pie.

Tengo miedo, el corazón se me acelera. Respiro profundo y trato de subir de nuevo a los peldaños, tomo impulso para subir al primer escalón sano, no puedo, me duele la pierna, la corriente tira, no tengo fuerza en los brazos. Trato de relajarme. Me tendría que dejar ir, soltarme, flotar y tirar un par de brazadas hasta la orilla, algún claro en la orilla debe haber.No es grave, pienso. No es el mar, no hay tiburones, a lo sumo mojarritas, la orilla está ahí nomás. Este es como un arroyo inglés, si me canso, trago un poco de agua y nada más. Me sumerjo y tanteo de nuevo con el pie el fondo, no lo encuentro. Me tengo que soltar pero no soy valiente, no tengo ganas de estar en esta situación, no quiero lidiar con el agua, estoy tan cansada de que todo se complique, que un puto año nuevo se convierta en esto que.

Basta, pienso, pero no puedo parar.

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La entiendo a Virginia Woolf: una se cansa, se cansa de todo. Recuerdo que ella se puso piedras en los bolsillos para hundirse, para irse como un ancla hasta el fondo

 Me suelto al agua marrón, me sumerjo, la siento en todo el cuerpo. La corriente me aleja del muelle. Me dejo llevar. 

Podría quedarme así, flotando, como un camalote hasta que.

Pero no. No, no, no.

 Veo un tronco grande medio sumergido en el agua, braceo, agarro una rama que llega hasta la mitad del cauce. Tironeo y me trepo, el tronco se mueve y se ladea. Me caigo, me da miedo que la corriente me arrastre debajo del tronco, trato de salir, me clavo unas ramas en los pies, empujo con mi cuerpo hacia adelante. Hago fuerza y busco impulso en las ramas para acercarme a la orilla, siento como mis pies se hunden por fin en el lodo, avanzo sin soltar el tronco medio hundido, ya estoy, ya casi. Me agarro de las ramas de un sauce llorón, salgo. Me acuesto jadeando en una porción de barro húmedo con manchones de pasto rodeado de cortaderas.

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Siento mi corazón latiendo acelerado, mi pierna izquierda está dividida por una línea roja sanguinolenta. El sol feroz, apenas filtrado por las ramas del sauce, me da en la cara.

 No quiero llorar, no quiero pensar que.

-Miriam-escucho la voz a lo lejos de Iván, perdida entre el ruido de las chicharras y los trinos de los pájaros.

Hundo mis dedos en el barro, hago un surco, me tapo los ojos con el brazo.

-Acá- y mi voz es un murmullo-acá estoy.

Para conocer más sobre la autora:

Poesía, cine y actualidad.

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